El autor que intentó jubilar a su héroe y no le dejaron
Conan Doyle tiró a Holmes por una catarata y tuvo que resucitarlo. Toriyama intentó lo mismo con su protagonista y dejó por escrito que le salió mal.
En 1893, Arthur Conan Doyle tiró a Sherlock Holmes por una catarata suiza porque estaba harto de él. Quería escribir novela histórica y su detective no le dejaba. Diez años después lo resucitó.
Un siglo más tarde, en Japón, Akira Toriyama intentó exactamente lo mismo con el personaje más popular del manga de su época. Y le salió exactamente igual de mal, aunque por motivos distintos y con una confesión por escrito que Conan Doyle nunca dejó.
El relevo estaba planeado
Al terminar la saga de Cell en Dragon Ball, Son Goku decide quedarse muerto. No es un recurso dramático de una viñeta: la historia da un salto de siete años y sigue la vida de su hijo Gohan, que va al instituto, tiene una novia y se disfraza de superhéroe local. Durante ese tramo, el protagonista de la serie es otro.
La intención era esa. Toriyama lo dijo con todas las letras en una entrevista recogida en el Daizenshuu 2, la enciclopedia oficial de la obra, justo después de terminar el manga:
«Mi intención era poner a Gohan en el papel principal. No funcionó. Sentí que, comparado con Goku, al final no era el adecuado para el papel.»
Pocos autores dejan por escrito que su plan les salió mal. Ese es el valor de la cita.
Cómo la historia se lo fue quitando de las manos
Lo interesante no es que el relevo fracasara, sino el orden en que fracasó, porque la saga entera parece una lista de candidatos que se van cayendo.
Cuando aparece el enemigo de turno, Goku solo tiene permiso para volver un día. Su plan declarado es enseñar la técnica de fusión a los dos niños y marcharse. Los niños, fusionados, tienen poder de sobra para ganar, y pierden por perder el tiempo jugando. Gohan regresa con todo su potencial desbloqueado, más fuerte que nadie hasta ese momento, y también pierde.
Y entonces vuelve Goku, definitivamente vivo, y da el golpe final.
Visto en frío, la estructura hizo lo que hacen las series largas: probó dos sustitutos, los descartó y devolvió el puesto al titular.
Por qué pasa esto
Una serie que dura años deja de pertenecer del todo a quien la escribe. No por una conspiración editorial, sino por algo más simple: el lector ha firmado un contrato tácito con un personaje concreto, y cualquier otro, por bueno que sea, se lee como una sustitución.
Conan Doyle lo sufrió en su versión extrema. Tras la muerte de Holmes, la revista The Strand perdió miles de suscriptores de golpe y hubo lectores que se pusieron crespón negro en el brazo. El autor aguantó una década y acabó cediendo.
Toriyama cedió mucho antes, dentro de la misma saga, y eso dice algo del ritmo del manga semanal frente al de la revista victoriana: cuando la respuesta del público llega cada siete días, el margen para insistir en una idea impopular es de semanas, no de años.
El detalle que casi nadie recuerda
Hay un epílogo que suele pasar desapercibido y que devuelve a Toriyama parte de lo que había perdido.
El final de Dragon Ball Z no ocurre a continuación de la batalla, sino diez años después. Goku no se queda en casa como héroe consagrado: se marcha a entrenar a la reencarnación de su último enemigo, un niño al que ha ido a buscar. Es decir, el protagonista sale de escena por su propio pie y deja al lector con un relevo pendiente.
No es el relevo que el autor había planeado, pero es un relevo. Dicho de otra forma: Toriyama perdió la discusión en el capítulo, y recuperó parte de la idea en el epílogo.
Lo que esto enseña de las series largas
Quien escribe algo con vocación de durar acaba topándose con el mismo muro, tenga viñetas, capítulos o temporadas. Puedes cambiar el escenario, el tono, el género y hasta el reparto entero. Cambiar a quien el público ha decidido seguir es otra cosa.
Las dos salidas que existen están las dos en esta historia. Una es la de Conan Doyle: matarlo, aguantar el vendaval y acabar resucitándolo. La otra es la de Toriyama: aceptar la derrota dentro de la obra y colar el relevo por la puerta de atrás, en el último capítulo, cuando ya nadie puede protestar.
Ilustración: Sidney Paget, «Sherlock Holmes y el profesor Moriarty en las cataratas de Reichenbach», 1893. Dominio público, vía Wikimedia Commons.