El accidente de 1928: cómo se descubrió la penicilina y por qué tardó doce años en curar a alguien

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Fleming se fue de vacaciones sin fregar una placa y volvió con el antibiótico más importante de la historia encima de la mesa. Lo que casi nadie cuenta es lo que pasó después: que durante doce años no le sirvió a nadie.

Placas de Petri apiladas y un microscopio antiguo sobre una mesa de laboratorio

El 3 de septiembre de 1928, Alexander Fleming volvió de vacaciones a su laboratorio del hospital St Mary’s de Londres y se encontró el desorden que había dejado antes de irse. Entre las placas apiladas para limpiar había una con un cultivo de estafilococos que se había contaminado con un moho.

Eso no tenía nada de raro. En un laboratorio de bacteriología del Londres de los años veinte, con las ventanas abiertas y esporas por todas partes, las placas se contaminaban continuamente. Lo normal era tirarlas.

Lo que Fleming vio en aquella fue otra cosa: alrededor del moho había un halo limpio. Las colonias de bacterias que crecían cerca estaban disueltas. Algo que salía de aquel hongo las estaba matando.

Qué era y qué no era

El moho resultó ser del género Penicillium, y Fleming llamó penicilina a la sustancia que producía. Publicó el hallazgo en 1929 en el British Journal of Experimental Pathology, con el tono comedido de quien describe una curiosidad de laboratorio.

Y ahí se quedó. El artículo no despertó apenas interés, entre otras cosas porque Fleming era honesto con lo que tenía entre manos: una sustancia que mataba bacterias en una placa, sí, pero inestable, difícil de obtener y en cantidades ridículas. La usó durante un tiempo como herramienta de laboratorio, para aislar unas bacterias de otras, y a mediados de los años treinta prácticamente había dejado de trabajar en ella.

Conviene decirlo claro porque el relato popular lo aplana: Fleming descubrió la penicilina, pero no consiguió convertirla en un medicamento. No sabía cómo purificarla, y sin purificarla no servía para tratar a nadie.

Oxford, once años después

La segunda parte de la historia empieza en 1938, cuando un equipo de la Universidad de Oxford dirigido por Howard Florey se puso a revisar sustancias antibacterianas publicadas y rescató del archivo el artículo de Fleming.

El trabajo químico duro lo hizo Ernst Chain, y la parte de ingeniería —producir cantidades suficientes de un hongo caprichoso— la resolvió Norman Heatley con un montaje improvisado de recipientes de laboratorio, latas y orinales de hospital, que era lo que había en plena guerra.

El 25 de mayo de 1940 hicieron el experimento que lo cambió todo para ellos: inyectaron a ocho ratones una dosis mortal de estreptococos. A cuatro les dieron penicilina. Al día siguiente los cuatro tratados estaban vivos y los otros cuatro habían muerto.

El primer paciente

El 12 de febrero de 1941 trataron al primer enfermo: un policía de 43 años con una infección generalizada y un pronóstico de muerte segura. En veinticuatro horas empezó a mejorar de una forma que nadie en aquel hospital había visto antes.

Entonces se les acabó la penicilina. Llegaron a recuperarla de la orina del paciente para volver a inyectársela, y aun así no dio para más. El hombre recayó y murió el 15 de marzo.

Aquel caso demostró dos cosas a la vez, y las dos importaban: que la penicilina funcionaba en personas, y que sin resolver el problema de fabricarla en cantidad no valía de nada.

De la placa a la industria

Con Inglaterra bombardeada, Florey y Heatley se llevaron el proyecto a Estados Unidos, a un laboratorio de investigación agrícola de Peoria, en Illinois, donde se buscó una cepa que produjera más. La encontraron en un melón podrido comprado en un mercado de la ciudad.

Con esa cepa, con fermentación en tanques en vez de en recipientes de laboratorio y con veinte farmacéuticas trabajando a la vez, la producción pasó de unas pocas dosis a cantidades industriales en poco más de dos años. En el desembarco de Normandía, en junio de 1944, las tropas aliadas desembarcaron con penicilina.

En 1945, el Nobel de Medicina fue para Fleming, Chain y Florey. Los tres.

El aviso que dio Fleming el día del Nobel

En su discurso de aceptación, en diciembre de 1945, Fleming dedicó un rato a algo que entonces sonaba a precaución excesiva: explicó lo fácil que era hacer bacterias resistentes a la penicilina en el laboratorio, bastaba con exponerlas a dosis insuficientes, y avisó de que lo mismo pasaría en las personas si se usaba mal o a la ligera.

Tenía razón, y no hizo falta esperar mucho para comprobarlo.

Qué se aprende de esto

La historia de la penicilina se cuenta casi siempre como una anécdota de suerte: el científico despistado, la placa sin fregar, el hallazgo del siglo. Y la primera parte es cierta. Aquel halo limpio estaba ahí por una cadena de casualidades, incluido un verano londinense lo bastante fresco como para que el hongo creciera antes que las bacterias.

Pero la casualidad solo llegó hasta la placa. Todo lo que vino después —purificarla, demostrarla, fabricarla— fue trabajo deliberado de gente que se pasó años en ello. Doce años entre el accidente y el primer paciente, y tres más hasta que hubo penicilina para un ejército.

El accidente encontró la puerta. Abrirla costó lo de siempre.

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