El Ford Taurus, el Escarabajo y el ordenador de colores: la historia de por qué todo se volvió redondo

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Dos motivos sin relación entre sí explican la estética de aquella década. Uno es que dibujar una curva dejó de costar semanas. El otro es que los aparatos tenían once botones por fuera.

Un cajón abierto con cables enredados y aparatos de plástico translúcido de colores

Si abres el cajón de los cables de casa, hay una probabilidad alta de que salga algo de aquella época: un ratón azul translúcido, una grabadora de CD con forma de guijarro, un cargador con la carcasa de color caramelo. Todo redondo, todo con colores de gominola, todo enseñando un poco lo que tenía dentro.

Aquello tuvo nombre. Se llamó blobject, que es blob más object: mancha más objeto. Y detrás de que todo se pareciera de repente hay dos motivos que no tienen nada que ver el uno con el otro.

El primero empezó en un coche, no en un ordenador

La palabra la acuñó Steven Skov Holt a finales de los ochenta, cuando dirigía la revista de diseño I.D. No la inventó mirando un aparato de colores: la inventó porque veía curvas apareciendo en los muebles y en los coches. El caso que tenía delante era el Ford Taurus de 1986, aquel sedán que parecía haber sido lijado por el viento y que en su momento pareció una excentricidad.

El Taurus se vendió muchísimo. Y a partir de ahí, la industria del automóvil entera se pasó a las esquinas redondeadas en menos de una década.

El otro coche que hay que poner en esta historia es el Escarabajo nuevo, el de 1998, que llevó la idea al límite: un coche que es básicamente una cúpula. Ese mismo año salió el iMac de colores.

Por qué de repente todo el mundo pudo hacer curvas

Porque hasta entonces era carísimo.

Una superficie doblada de verdad, de las que no son un cilindro ni una esfera, se dibujaba a mano con secciones y se modelaba en arcilla. Cambiar algo significaba rehacer el modelo. Por eso las formas complicadas eran cosa de fabricantes de coches, que tenían con qué pagarlas, y el resto de la industria se quedaba con la caja.

En los noventa se generalizaron los NURBS en los programas de diseño. Es un nombre espantoso para algo que se entiende en una frase: una manera matemática de describir una superficie curva con unos pocos puntos que se pueden arrastrar, recalculándose entera cada vez, con precisión suficiente para fabricar a partir de ahí.

Es decir, la curva pasó de costar semanas a costar una tarde. Y todo lo que se abarata, se desborda.

El segundo motivo es el que explica que se acabara

Piensa en un aparato de aquellos y cuenta las cosas que tenía por fuera.

Un reproductor de CD portátil: el botón de abrir, el de reproducir, el de pausa, el de siguiente, el de anterior, la rueda del volumen, la pestaña del antivibración, el enchufe de los auriculares, la tapa de las dos pilas y el compartimento de la pila recargable. Once cosas.

Cuando un objeto tiene once elementos que colocar, la carcasa tiene trabajo: tiene que ordenarlos, decir cuál importa, separar lo que se toca a menudo de lo que no. Eso pide relieve, colores, zonas hundidas y salientes. Pide forma.

Después llegó la pantalla táctil y se comió las once. El primer iPhone no fue el primer teléfono con pantalla táctil —el IBM Simon es de 1994— pero sí fue el que decidió que la pantalla lo fuera todo.

Y un objeto que solo tiene una pantalla y un botón no tiene nada que ordenar. Su forma se queda sin tarea. Por eso desde entonces todo es una lámina con las esquinas redondeadas.

Lo de la transparencia

Merece un párrafo aparte porque es la parte más divertida y la más ridícula.

Cuando aquel ordenador de colores enseñó sus tripas y se vendió como churros, la industria entera dedujo la lección equivocada. En vez de «la gente quiere ver la máquina», se entendió «la gente quiere plástico transparente». Y durante unos años se hizo translúcido absolutamente todo: grapadoras, planchas, teléfonos fijos, mandos a distancia, básculas de baño, cepillos de dientes eléctricos.

Objetos sin nada interesante dentro, enseñando orgullosamente que no tenían nada interesante dentro.

Y ahora vuelve

Está volviendo, en la ropa, en los carteles y en las interfaces con efecto de cristal esmerilado. Con una diferencia que vale la pena notar.

Aquello era transparente porque debajo había una máquina de verdad y se veía. Lo de ahora es transparente encima de otra pantalla. Se parece por fuera y por dentro no se parece en nada, que es más o menos lo que le pasa a todas las modas que vuelven.

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