El hombre que devolvió el habla a una lengua muerta: la historia real del hebreo moderno

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No lo inventó un letón, no es un idioma artificial y no vino gratis: dos lenguas se quedaron por el camino.

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Circula por ahí una versión corta de esta historia: que el hebreo que se habla hoy en Israel no tiene nada que ver con el de la Biblia, que lo inventó un señor y que es, en el fondo, un idioma artificial. Lo primero es una exageración, lo segundo es casi cierto y lo tercero depende mucho de qué se entienda por artificial. La historia real tiene más aristas que el resumen, y casi todas son mejores.

El hombre, y de dónde era de verdad

Se llamaba Eliezer Yitsjak Perlman y nació el 7 de enero de 1858 en Luzhki, un pueblo de la gobernación de Vilna, en el Imperio ruso. Hoy ese punto del mapa está en el norte de Bielorrusia. Por eso lo habitual es llamarlo lituano, por la región histórica; en algunas versiones se ha colado que era letón, y no lo era.

En 1881 emigró a Jerusalén con su prometida, Devora Jonas, y se cambió el apellido a Ben-Yehuda. La pareja tomó una decisión que en aquel momento no tenía precedente: hablar hebreo entre ellos y con cualquiera que lo entendiese. No como lengua de estudio ni de rezo, que lo era desde siempre, sino para pedir el pan.

Eliezer Ben-Yehuda trabajando en su escritorio de Jerusalén hacia 1912

El primer niño en casi dos mil años

Su hijo nació en Jerusalén el 31 de julio de 1882. Se llamó Ben-Zion y más tarde se hizo llamar Itamar Ben-Avi. Su padre no permitió que en casa oyera ninguna otra lengua, y así se convirtió en el primer hablante nativo de hebreo en cerca de dos milenios.

El experimento tuvo un coste doméstico que rara vez se cuenta: durante años el niño apenas tuvo con quién hablar fuera de casa, porque nadie más de su edad hablaba hebreo. Con el tiempo se hizo periodista y editor, y acabó siendo partidario del esperanto, que para el hijo de quien resucitó una lengua no deja de tener gracia.

¿Es entonces un idioma artificial?

Aquí conviene ir despacio, porque es donde la versión corta se rompe.

El hebreo nunca llegó a morir del todo. Durante los siglos en que no tuvo hablantes nativos se siguió leyendo, escribiendo y rezando: correspondencia rabínica, poesía, contratos, comentarios. Lo que no tenía era vida diaria. No existía la palabra para diccionario, ni para periódico, ni para bicicleta, ni para helado, porque nadie había necesitado decir esas cosas en hebreo.

Ben-Yehuda dedicó el resto de su vida a un diccionario y acuñó cientos de términos nuevos, la mayoría construidos a partir de raíces bíblicas o tomados del arameo, que es su pariente cercano. Esa es la parte inventada: el vocabulario moderno.

La gramática, la estructura de raíces de tres consonantes, el núcleo del léxico y la escritura vienen directamente del hebreo bíblico y del misnaico. Un lector israelí de hoy abre el Génesis y entiende buena parte de lo que lee, con la extrañeza con la que un hispanohablante lee el Cantar de mio Cid. Decir que no tienen nada que ver es como decir que el español no tiene nada que ver con el latín.

La guerra de las lenguas

El momento en que el proyecto dejó de ser una rareza familiar tiene fecha: 1913, en Haifa, alrededor de la fundación del Technion.

Los financiadores alemanes del centro querían que las asignaturas se impartieran en alemán, que entonces era la lengua de la ciencia, igual que hoy lo es el inglés. Ben-Yehuda y otros exigieron que fuera en hebreo. Hubo huelgas de estudiantes y de profesores, y el episodio se conoce desde entonces como la guerra de las lenguas.

Ganó el hebreo. A partir de ahí dejó de ser una lengua de casa y pasó a ser la lengua de un sistema educativo entero, que es lo que de verdad convierte un idioma recuperado en un idioma vivo.

Lo que costó, y quién lo pagó

Aquí está la parte que la versión corta apunta de pasada.

Que el hebreo se impusiera no fue solo obra del entusiasmo. En 1922, estudiantes del Gymnasium Herzliya de Tel Aviv fundaron el Batallón de Defensores de la Lengua, cuyo lema era «judío, habla hebreo». Arrancaban rótulos escritos en otras lenguas, reventaban funciones de teatro en yidis con bombas fétidas, presionaron para prohibir periódicos y llegaron a dañar imprentas que publicaban en esa lengua. En los años cincuenta, ya con el Estado en marcha, hubo intentos oficiales de limitar la prensa y el teatro en yidis.

Dicho de otra forma: una lengua volvió y otras dos se quedaron por el camino, y no solo por el Holocausto.

El yidis no es alemán

Es otro de los atajos que conviene deshacer. El yidis es una lengua germánica con mil años de historia, con capas de hebreo, arameo y lenguas eslavas, y se escribe con alfabeto hebreo. Un hablante de alemán le pilla cosas, como un italiano le pilla cosas al español, y de ahí la confusión.

Antes de la Segunda Guerra Mundial lo hablaban unos once millones de personas. El Holocausto mató a la mayoría de sus hablantes. La política lingüística del joven Estado hizo el resto.

Y el judeoespañol

La tercera lengua de la historia es la que más nos toca. El sefardí o judeoespañol es el castellano que se llevaron los judíos expulsados en 1492, conservado durante siglos en el Mediterráneo oriental y los Balcanes, con préstamos del turco, del griego y del hebreo. Sefarad es, literalmente, España.

Hoy figura entre las lenguas en peligro. Decir que está perseguido en Israel es ir demasiado lejos: lo que hubo fue el mismo arrinconamiento que sufrió el yidis. De hecho, en 1996 el propio Estado creó una Autoridad Nacional del Ladino para conservarlo, lo que da la medida de cuánto terreno había perdido antes.

El único caso

El hebreo moderno es, hasta donde sabemos, el único idioma que ha pasado de no tener un solo hablante nativo a tener millones. Se ha intentado con otras lenguas y ninguna ha llegado tan lejos.

Lo que hace difícil repetirlo no es la lingüística: es que hicieron falta a la vez un empeño personal de cuarenta años, un sistema escolar completo que lo adoptara y una generación dispuesta a criar a sus hijos en una lengua que ella misma hablaba mal.

Fotografías: Eliezer Ben-Yehuda, retrato de 1905 y en su escritorio de Jerusalén hacia 1912. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

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