Nietzsche firmó sus últimas cartas como «El Crucificado», y de ahí ha salido una leyenda que no se sostiene
Lo que pasó en Turín en enero de 1889, lo que decían aquellas cartas y por qué los once años siguientes no cuentan como una conversión.
Circula estos días una frase con forma de revelación: que el filósofo del superhombre murió obsesionado con Jesucristo. Tiene un origen real, y ese origen es bastante más raro que la versión resumida.
Turín, enero de 1889
El 3 de enero de 1889, en Turín, Friedrich Nietzsche se derrumba en plena calle. La escena que todo el mundo repite —que se abrazó al cuello de un caballo al que estaban azotando— se cuenta desde entonces, aunque las fuentes de aquel día son menos firmes de lo que la popularidad del relato sugiere.
Lo que sí está documentado es lo que vino justo después: durante unos días escribió una serie de cartas breves a amigos, colegas y figuras de la realeza europea. Se las conoce como las cartas de la locura.
Las dos firmas
Y aquí está el detalle del que sale todo. Aquellas cartas no las firmaba con su nombre. Firmaba, alternativamente, como «Dioniso» y como «El Crucificado».
Las dos. No una. El dios griego del vino, del delirio y del retorno de la vida, y la figura central del cristianismo, saliendo de la misma pluma en la misma semana.
Quien se queda solo con la segunda firma construye una historia de conversión. Quien mira las dos ve otra cosa: a un hombre cuyo pensamiento llevaba años girando alrededor de esos dos símbolos y que, al desarmarse, se identificó con ambos a la vez.
Lo que pedían aquellas cartas
Merece la pena saber qué había dentro, porque contradice de plano el uso que se le dio después a su nombre.
En ellas pedía, entre otras cosas, la muerte del Papa, la del Káiser, la de Bismarck y la de todos los antisemitas. Lo escribió él, en el peor momento de su cabeza, y sigue siendo una de las cosas más claras que dejó por escrito sobre a quién despreciaba.
Y luego once años
Aquí es donde la leyenda se cae sola.
Después de enero de 1889, Nietzsche no volvió a escribir. Vivió once años más, incapacitado, al cuidado primero de su madre y después de su hermana, con un deterioro progresivo. Murió el 25 de agosto de 1900 en Weimar.
O sea que no hubo una década de reflexión religiosa ni un lecho de muerte con arrepentimiento. Hubo una firma, en enero de 1889, y once años de silencio. Convertir eso en «murió obsesionado con Jesucristo» es estirar una semana hasta cubrir una década.
Lo que sí pensaba sobre Jesús, que tampoco es lo que se supone
En sus últimos libros hace una distinción que se pasa por alto con frecuencia: separa la figura de Jesús de la institución que vino después. Su artillería apunta a la Iglesia, a la moral que construyó y a Pablo de Tarso como su verdadero arquitecto. Con el personaje de los evangelios, el tono cambia.
No es simpatía religiosa. Es que su ataque nunca fue exactamente donde la caricatura lo coloca. Y por eso una firma como «El Crucificado» en 1889 sorprende bastante menos de lo que parece cuando uno ha leído lo anterior.
Por qué esto se cuenta mal tan a menudo
Porque la historia corta es irresistible: el filósofo que declaró la muerte de Dios muere llamándose a sí mismo el crucificado. Es un titular perfecto.
La historia larga necesita tres frases más: que firmaba también como Dioniso, que en esas mismas cartas pedía la muerte de todos los antisemitas, y que después no dijo nada durante once años. Con esas tres frases deja de ser una conversión y pasa a ser lo que fue: el final de una cabeza extraordinaria, contado por quienes se quedaron con el archivo.