El dinero que caducaba: cómo Wörgl pagó sus calles con billetes que perdían un 1 % al mes
En 1932 el pueblo austriaco de Wörgl pagó obras públicas con billetes que perdían un 1 % al mes. El paro bajó, llegaron periodistas de toda Europa y el Banco Nacional de Austria lo prohibió en 1933.
El 31 de julio de 1932, en Wörgl, un pueblo del Tirol austriaco de algo más de cuatro mil habitantes, el ayuntamiento empezó a pagar a sus jornaleros con unos billetes que nadie había visto antes. Tenían valores de 1, 5 y 10 chelines, los respaldaba un depósito en la caja local y llevaban una condición escrita: a final de cada mes, quien tuviera el billete en el bolsillo debía comprar en el ayuntamiento un sello por el 1 % de su valor y pegarlo en la cuadrícula del reverso. Sin el sello, el billete valía menos.
Era dinero que perdía valor si se quedaba quieto en un cajón, y eso era justo lo que se buscaba.
Un pueblo sin trabajo y un alcalde ferroviario
Wörgl llegó a 1932 muy tocado. La fábrica de celulosa había cerrado, la cementera había recortado la producción y los ferrocarriles federales habían despedido personal. En el pueblo había unos 400 parados, y el propio alcalde hablaba de cerca de 1.500 si se contaban los alrededores, muchos ya sin derecho a subsidio. Los vecinos no pagaban impuestos porque no tenían con qué, y el ayuntamiento debía más de lo que podía devolver a la caja de ahorros de Innsbruck.
El alcalde se llamaba Michael Unterguggenberger. Era ferroviario, socialdemócrata, y llevaba en el cargo desde 1931. Había leído a Silvio Gesell, un comerciante y economista germano-argentino que defendía una idea extraña: el dinero se acapara porque, a diferencia de las patatas o del hierro, no se estropea. Quien tiene billetes puede esperar; quien tiene mercancía, no. Si el dinero perdiera un poco de valor con el tiempo, nadie querría guardarlo, y circularía.
El 5 de julio de 1932 el consejo municipal, partido por la mitad entre socialdemócratas y conservadores, aprobó el plan. Antes, el alcalde se había asegurado de explicarlo al párroco, al director de la escuela, a varios comerciantes y al dueño del café.
Cómo funcionaba el billete con sello
Los papeles se llamaban oficialmente certificados de trabajo, aunque la gente acabó llamándolos Schwundgeld, «dinero que mengua». Las reglas eran pocas:
- El ayuntamiento los usaba para pagar salarios de las obras públicas, primero una parte del jornal y luego más.
- Cada mes había que pegar el sello del 1 %. Al año, un billete perdía un 12 % si se guardaba.
- Se aceptaban para pagar impuestos municipales.
- Se podían cambiar por chelines oficiales en cualquier momento, con una comisión del 2 %.
- Por cada chelín local en la calle había un chelín de verdad depositado.
Se imprimieron 32.000 chelines, pero en circulación llegaron a estar unos 12.000. Era muy poco dinero, y ahí está buena parte del interés del caso: con esa cantidad se movió una economía local entera.

Las obras que pagó
Con esos billetes, más una subvención del fondo de paro productivo y un crédito de 12.000 chelines del gobierno del Tirol, Wörgl se puso a construir. Según el balance que firmó el propio Unterguggenberger, las obras de 1932 costaron 93.796 chelines, y más de 100.000 si se suman el edificio municipal, el trampolín de esquí y el depósito de agua de Winkl. En 1933 vinieron más:
- El ensanche y pavimentado de la calle de la estación, con aceras y once farolas.
- Un puente de hormigón armado en la carretera de Wildschönau.
- La cubierta del arroyo de Wörgl a su salida del valle.
- Varios kilómetros de caminos forestales con unos 300 bancos.
- Un sendero por la garganta del Aubach, a medio terminar cuando todo se detuvo.
Los impuestos también volvieron. El ayuntamiento cobró en 1932 más de 77.000 chelines de deudas atrasadas, y buena parte llegó en billetes con sello: a los vecinos les salía mejor saldar lo que debían que pagar el sello del mes siguiente.
El paro bajó mientras en el resto del país subía
Las cifras que se conservan son modestas y conviene darlas tal cual. Hasta un centenar de los 400 parados de Wörgl volvieron a trabajar en poco tiempo. En el conjunto de Austria, en cambio, el número de desempleados creció alrededor de un 20 % entre 1932 y 1933, según la exposición sobre el experimento de la Universidad de Economía de Viena.
La prensa hizo el resto. El 18 de abril de 1933 un diario de Berlín ya hablaba del «milagro de Wörgl», y en mayo el economista Franz Klein lo analizó en la revista vienesa Der österreichische Volkswirt. Llegaron periodistas de media Europa y el pueblo vivió una pequeña temporada de turismo monetario. En enero de 1933 se sumó el municipio vecino de Kirchbichl, y en otros como Brixlegg, Hopfgarten, Schwaz o Lilienfeld hubo votaciones a favor de copiarlo.
El Banco Nacional dice basta
El Banco Nacional de Austria vio el asunto desde el principio como lo que jurídicamente era: un ayuntamiento emitiendo moneda. Invocó el artículo 122 de su ley, que le reservaba ese derecho en exclusiva. El ministro de Finanzas, Karl Buresch, advirtió de que el dinero malo acabaría expulsando al bueno, y el canciller Engelbert Dollfuss se negó a permitir «experimentos salvajes».
Unterguggenberger resistió todo lo que pudo. Ignoró una primera orden y una segunda, y recurrió. El 1 de septiembre de 1933, tras los requerimientos repetidos de las autoridades, el ayuntamiento retiró los billetes. El Tribunal Administrativo de Viena terminó de cerrar el caso en otoño de ese año. Se pronunció sobre si aquello era legal, no sobre si funcionaba.
Según las crónicas que recogen los defensores del experimento, sin los certificados el paro volvió a subir en Wörgl. Unterguggenberger murió en 1936, a los 52 años.
Lo que vieron Fisher y Keynes
El caso cruzó el Atlántico. El economista estadounidense Irving Fisher, de Yale, publicó en 1933 un librito titulado Stamp Scrip en el que comparaba el modelo de Wörgl, con fecha fija para cada sello, con el que se había probado en Hawarden (Iowa), donde el sello se pegaba cada vez que el billete cambiaba de manos. Fisher prefería el austriaco. En el Senado de Estados Unidos llegó a presentarse un proyecto para emitir dinero con sello a escala nacional, que no salió adelante.
Tres años después, John Maynard Keynes dedicó varias páginas de su Teoría general a Gesell, al que llamó «profeta extraño e indebidamente olvidado». Escribió que la idea del dinero con sello era sólida y que el porvenir aprendería más del espíritu de Gesell que del de Marx, aunque criticó que su teoría del interés estaba a medias.
Las dudas sobre el milagro
No todo el mundo cree que el mérito fuera del sello. El estudioso de las monedas locales Thomas Greco, que revisó el informe que el economista Alexander von Muralt publicó tras visitar Wörgl en 1933, sostiene que lo decisivo fue que los billetes sirvieran para pagar impuestos: eso les daba una demanda asegurada, y con ella el ayuntamiento pudo poner a trabajar a gente que estaba parada y materiales que nadie usaba. Señala además que las cifras del alcalde eran más optimistas que las del observador. Y apunta un detalle curioso: muchos billetes acabaron en manos de coleccionistas que nunca los cambiaron, con lo que el ayuntamiento se quedó el chelín de respaldo.
Desde 2006, unos hitos repartidos por el pueblo recuerdan aquellos trece meses en los que Wörgl tuvo moneda propia. Algunos de los billetes que se llevaron los coleccionistas en 1933 aparecen todavía en subastas de numismática.