Arregló el caucho para el mundo entero y murió debiendo 200.000 dólares
La historia de la vulcanización no va de un genio incomprendido: va de una carrera de patentes que se decidió por unos meses y a 5.000 kilómetros.
Antes de 1839, el caucho era una promesa que no cumplía. Impermeable y elástico, sí, pero con calor se volvía una pasta pegajosa y con frío se rompía como el cristal. Se habían montado fábricas enteras para explotarlo y habían quebrado todas.
El que lo arregló se llamaba Charles Goodyear y acabó debiendo doscientos mil dólares de 1860.
Lo que compró, no lo que robó
Conviene empezar por aquí, porque es la parte que se cuenta mal. La idea de mezclar azufre con el caucho no fue suya: la había descubierto en 1836 un tal Nathaniel Hayward, que además había probado a exponer la mezcla al sol. Se conocieron en 1838 y Hayward le cedió los derechos de su proceso.
Goodyear no le copió nada. Compró la idea y apostó lo que le quedaba —que era poco— a terminarla. Llevaba años arruinándose con el caucho: había perdido el dinero, había perdido la casa y había estado preso por deudas, y en la cárcel seguía amasando caucho con las manos.
En 1839 dio con ello: caucho y azufre sobre una estufa caliente. La versión que se repite es que fue por accidente. El resultado no se derretía. Se endurecía y aguantaba el frío y el calor. Eso es la vulcanización, y sostiene desde entonces cualquier cosa con una rueda.
La carrera que perdió por unos meses
Goodyear patentó el proceso en Estados Unidos el 15 de junio de 1844, patente número 3.633. Cinco años después de descubrirlo.
Mientras tanto había mandado muestras de su caucho a Inglaterra buscando quien lo financiara. Una de ellas llegó a manos de Thomas Hancock, que llevaba veinte años trabajando el caucho en Londres. Hancock inició su patente británica en 1843 y la cerró en 1844, unos meses antes que la de Goodyear.
Con esa patente por delante, Goodyear ya no pudo patentar en Gran Bretaña, que era el mercado industrial más grande del mundo.
¿Se lo robó? Hancock sostuvo siempre que había llegado al proceso por su cuenta, y llevaba dos décadas en ello, así que no es imposible. Pero también es cierto que tuvo las muestras delante antes de patentar. La disputa nunca se cerró del todo y sigue sin cerrarse. Lo que sí está fuera de duda es el resultado: quien registró primero se quedó con Europa.
Lo que vino después
Goodyear pasó el resto de su vida en pleitos, defendiendo en los tribunales una patente que media industria usaba sin pagarle. Ganó algunos y siguió perdiendo dinero, porque los abogados costaban más que lo que recuperaba.
Murió el 1 de julio de 1860, a los 59 años. Iba de camino a Nueva York porque le habían dicho que su hija se estaba muriendo. Cuando llegó, ya había muerto. Él se derrumbó allí mismo y murió pocos días después. Dejó unos 200.000 dólares de deuda, que puestos a valor de hoy son varios millones.
Y el detalle que remata la historia
En 1898, treinta y ocho años después de su muerte, se fundó en Akron, Ohio, una fábrica de neumáticos. Sus fundadores eligieron el apellido Goodyear como homenaje al hombre que había hecho posible el producto que iban a vender.
Ni él ni su familia tuvieron nunca nada que ver con esa empresa. No la fundó, no tuvo acciones y no cobró un dólar por el nombre. Hoy es una de las marcas más conocidas del planeta y lleva el apellido de alguien que murió arruinado por lo mismo que la hizo posible.
La lección no es que el mundo sea injusto con los inventores, que también. Es más concreta: inventar algo y quedarse con ello son dos trabajos distintos, y Goodyear solo sabía hacer el primero.