Humanos del Neolítico contra dinosaurios: lo que el registro fósil dice de esa pelea imaginaria

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La respuesta no depende de los dientes sino del territorio. Y el mecanismo que habría condenado al T. rex está funcionando hoy con el 77 % de los grandes carnívoros.

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El experimento mental es viejo y tiene una respuesta bastante menos épica de lo que sugiere el cine: si un grupo de humanos del Neolítico apareciera en el Cretácico tardío, los dinosaurios grandes tendrían un problema serio. No por la fuerza de los humanos, sino por dos cosas mucho más aburridas, la coordinación y el territorio.

Conviene aclarar primero lo obvio: nunca coincidimos. El asteroide que acabó con los dinosaurios no avianos cayó hace 66 millones de años, y los primeros homínidos aparecieron unos 60 millones de años más tarde. La convivencia entre cavernícolas y dinosaurios es un invento de la ficción. Pero como experimento mental sirve para llegar a una cuestión real y bien documentada: qué pasa cuando los humanos llegan a un lugar donde viven animales muy grandes.

Lo que dice el registro fósil

Entre hace unos 50.000 y unos 10.000 años, buena parte de los mamíferos de gran tamaño del planeta desapareció. Mamuts, mastodontes, perezosos gigantes, marsupiales enormes en Australia, felinos de dientes de sable. Es lo que se conoce como las extinciones de la megafauna del Pleistoceno tardío.

Sobre la causa hay un debate que dura décadas. Una hipótesis, propuesta por el geocientífico Paul Martin en los años sesenta, atribuye el papel principal a la caza humana. La otra apunta al cambio climático del final de la última glaciación. La posición mayoritaria hoy es intermedia: intervinieron ambos factores, y su peso relativo cambia según el continente.

Hay un argumento que se cita a menudo a favor del papel humano. En varias regiones, las extinciones coinciden mejor con la fecha de llegada de los humanos que con los cambios de clima. Y África, donde los homínidos y la megafauna evolucionaron juntos durante millones de años, conservó una proporción mucho mayor de animales grandes. La lectura habitual es que allí los animales tuvieron tiempo de aprender a temernos.

Cómo se cazaba un animal de diez toneladas

La caza de megafauna no se parecía al enfrentamiento directo que imagina la ficción. Los yacimientos de matanza documentan un método que combinaba conocimiento del terreno, trabajo en grupo y trampas: animales conducidos hacia despeñaderos, ejemplares separados de la manada, fosas, y proyectiles lanzados desde distancias razonables.

El tamaño de las presas ayuda a poner el asunto en escala. Un mamut colombino podía superar las diez toneladas, más que la mayor parte de las estimaciones de masa para un Triceratops. Cazar un dinosaurio herbívoro grande no habría exigido una técnica distinta de la que ya se empleaba.

La pieza tecnológica decisiva tampoco es la que se suele dibujar. Más que la punta de piedra, lo que multiplica las posibilidades es la cuerda: permite trampas reutilizables, redes que inmovilizan y ataduras. Nada de eso exige fuerza física.

Por qué los depredadores caen antes

El caso de los grandes carnívoros es distinto y más revelador. Un depredador de gran tamaño necesita un territorio amplio y una cantidad considerable de presas para mantenerse, lo que impone densidades de población muy bajas.

El dato para el Tyrannosaurus rex ilustra bien la idea. En 2021, un equipo dirigido por Charles Marshall, de la Universidad de California en Berkeley, publicó en Science una estimación de su abundancia a partir del tamaño corporal y las necesidades energéticas: unos 20.000 adultos vivos en cada momento en toda su área de distribución, y unos 2.500 millones de individuos a lo largo de la existencia de la especie. Los propios autores señalan que la incertidumbre es amplia, con un intervalo de 1.300 a 328.000 ejemplares simultáneos. Aun así, la conclusión cualitativa se sostiene: era un animal escaso por necesidad ecológica.

Esa escasez es una vulnerabilidad. Un depredador que depende de un territorio grande y de presas abundantes no necesita ser cazado para desaparecer: basta con que se ocupe su espacio o se agote su alimento.

El mismo mecanismo, funcionando ahora

Esto no es una especulación sobre el pasado. En enero de 2014, un equipo internacional encabezado por William Ripple, de la Universidad Estatal de Oregón, publicó en Science una revisión del estado de los 31 mayores carnívoros terrestres del mundo. El 77 % de esas especies está en declive poblacional continuado, y 24 de ellas se enfrentan a la persecución humana directa. Los autores describen dos mecanismos combinados: la destrucción del hábitat y la eliminación activa de los depredadores.

El trabajo insiste además en un punto que suele pasarse por alto. Los grandes carnívoros cumplen funciones que estabilizan los ecosistemas —regulan las poblaciones de herbívoros, y con ello la vegetación—, de modo que su desaparición no afecta solo a la especie que se pierde.

Las aves, que son los únicos dinosaurios que sobrevivieron al asteroide, están sometidas hoy a esa misma presión de espacio. El experimento mental de los humanos contra el T. rex tiene interés porque su respuesta no depende de quién tiene los dientes más grandes, sino de quién decide cómo se reparte el territorio. Esa pregunta sigue abierta, y no se está respondiendo en el Cretácico.

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