Lisboa 1755: el terremoto que enseñó a Europa a explicar las catástrofes sin Dios

0

El seísmo del día de Todos los Santos arrasó una capital europea en seis minutos y dejó dos herencias inesperadas: el primer cuestionario sismológico de la historia y una pelea filosófica entre Voltaire y Rousseau que aún colea.

lisboa-1755-terremoto-explicar-catastrofes-sin-dio-1

Eran cerca de las nueve y cuarenta de la mañana del 1 de noviembre de 1755 y las iglesias de Lisboa estaban a rebosar. Día de Todos los Santos: misa mayor, velas encendidas por miles, familias enteras apretadas bajo bóvedas de piedra. Entonces el suelo empezó a moverse. Duró varios minutos, en dos o tres sacudidas encadenadas, y las bóvedas cayeron sobre la gente que había ido a rezar por sus muertos.

Los supervivientes corrieron hacia el único sitio despejado de la ciudad: la explanada abierta junto al Tajo. Unos cuarenta minutos después, el río se retiró dejando el fondo al descubierto, con barcos varados en el barro, y volvió convertido en un muro de agua. Quienes escaparon del agua se encontraron con lo tercero: las velas volcadas y los braseros habían prendido en los escombros, y el incendio ardió durante días con un viento que lo empujaba de barrio en barrio. Terremoto, maremoto y fuego en la misma jornada.

Nadie contó los cadáveres. Las estimaciones de los historiadores bailan muchísimo, entre unos diez mil y varias decenas de miles solo en Lisboa, y en el Algarve hubo pueblos costeros donde el agua se llevó casi todo. La capital de un imperio con colonias en tres continentes había dejado de existir en una mañana.

El hombre que preguntó en lugar de rezar

Al frente de la respuesta se puso Sebastião José de Carvalho e Melo, secretario de Estado del rey José I y todavía lejos del título de marqués de Pombal con el que lo conoce la historia. Se le atribuye una frase que resume su método, aunque los especialistas la consideran apócrifa: enterrar a los muertos y cuidar de los vivos. Lo que sí está documentado es lo que hizo: prohibió salir de la ciudad para que no se despoblara, requisó alimentos, fijó precios, levantó horcas para frenar el saqueo y organizó la retirada de escombros.

Y luego hizo algo que nadie había hecho antes. Envió a todas las parroquias del reino un cuestionario con preguntas concretas sobre lo ocurrido. No preguntaba por pecados ni por castigos. Preguntaba cosas como estas:

  • ¿A qué hora empezó el temblor y cuánto duró?
  • ¿En qué dirección se movió el suelo?
  • ¿Cuántas réplicas se notaron y con qué intensidad?
  • ¿Los pozos y manantiales se secaron, se enturbiaron o se desbordaron?
  • ¿Se comportaron de manera extraña los animales antes o durante el temblor?
  • ¿Qué edificios cayeron y cuáles aguantaron?
  • ¿Se retiró el mar antes de subir?

Los párrocos respondieron por escrito, pueblo a pueblo. Esas respuestas se conservan en el archivo nacional portugués, la Torre do Tombo, y siguen siendo material de trabajo: con ellas los sismólogos modernos han podido dibujar mapas de intensidad de un terremoto ocurrido antes de que existiera un solo sismógrafo, y estimar su magnitud en torno a 8,5. Es, con todas las cautelas, la primera encuesta sismológica de la historia. Pombal no quería consolar a nadie. Quería datos.

Una explicación teológica que acabó en la hoguera

No todo el mundo compartía el enfoque. El jesuita italiano Gabriel Malagrida, confesor influyente en la corte, publicó en 1756 un opúsculo donde sostenía lo evidente para media Europa: aquello había sido un castigo divino por los pecados de Lisboa, y lo que tocaba no eran obras públicas sino penitencia. Pombal, que llevaba años en guerra abierta con la Compañía de Jesús, lo desterró primero y lo entregó después a la Inquisición, que lo condenó por herejía y lo ejecutó en 1761. Una de las últimas víctimas del Santo Oficio portugués murió, en la práctica, por insistir en la explicación sobrenatural de un terremoto.

Voltaire y Rousseau se pelean por los escombros

La noticia llegó a Francia y le dio a Voltaire lo que llevaba tiempo buscando: un argumento contra el optimismo filosófico de moda, aquel que sostenía que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo mal aparente encaja en un plan mayor. En 1756 publicó su Poema sobre el desastre de Lisboa. ¿Qué crimen había cometido un niño aplastado en el pecho de su madre? Tres años después redondearía la burla en Cándido, con el doctor Pangloss explicando entre las ruinas que aquello estaba muy bien así.

Rousseau le contestó por carta ese mismo verano, y su respuesta es la que ha envejecido de forma más rara. Venía a decir que la naturaleza no había construido allí veinte mil casas de seis y siete pisos, y que si los habitantes hubieran vivido más repartidos y con menos apego a sus pertenencias, se habrían salvado muchos más. La distribución del daño, sostenía, la habían decidido los hombres.

Dos siglos y medio después, cada vez que un terremoto mata a miles de personas en un país pobre y a decenas en uno rico, la discusión que se abre en los periódicos es exactamente la de aquella carta.

Mientras tanto, en Königsberg, un profesor todavía desconocido llamado Immanuel Kant escribió en 1756 tres textos buscando la causa física del temblor. Se equivocó de medio a medio: habló de cavernas subterráneas y gases calientes. Pero buscaba el mecanismo, no la culpa.

La ciudad que se construyó a prueba de la próxima

La reconstrucción de la Baixa se encargó a ingenieros militares dirigidos por Manuel da Maia, con Eugénio dos Santos y Carlos Mardel al frente del diseño. Trazaron una cuadrícula de calles anchas, edificios de altura uniforme y, dentro de los muros, una estructura de madera entrecruzada, la gaiola pombalina, pensada para que el edificio se balanceara sin desmoronarse. Se cuenta que probaron los modelos haciendo marchar tropas alrededor para simular la vibración. Es la primera arquitectura antisísmica de Europa, y buena parte de ella sigue en pie y habitada.

Un detalle que da idea de la escala de aquello: el agua se agitó en lugares donde nadie sintió el temblor. Ese mismo día se registraron olas anómalas en canales de los Países Bajos y en lagos de Escocia, entre ellos el lago Ness, a más de dos mil kilómetros del epicentro.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *