La epidemióloga que demostró que un virus causaba el cáncer, y el Nobel que se quedó a un paso
Nubia Muñoz coordinó los estudios que probaron que el VPH causa el cáncer de cuello de útero. En 2008 fue nominada al Nobel. Lo recibió quien había aislado el virus.
Hay dos maneras de demostrar que algo causa una enfermedad. Una es encontrar al culpable: aislarlo, verlo, nombrarlo. La otra es probar que allá donde está el culpable aparece la enfermedad, y donde no está, no aparece.
La primera se hace en un laboratorio. La segunda se hace recorriendo el mundo con cuestionarios y muestras durante años. Las dos hacen falta, y en 2008 el Nobel de Medicina reconoció solo una.
Un patrón de mil ochocientos y pico
La pista más vieja de esta historia es del siglo XIX, y es de las que incomodan: el cáncer de cuello de útero casi no aparecía entre las monjas de clausura y era frecuente entre las trabajadoras sexuales.
La conclusión parecía obvia —se transmite— y sin embargo no se pudo cerrar durante más de cien años. Porque una correlación no demuestra una causa, y porque faltaba saber qué se transmitía exactamente.
Cali, Lyon, y medio mundo por medio
Nubia Muñoz nació en Cali, Colombia, y se formó como epidemióloga. Acabó trabajando en la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, el organismo de la Organización Mundial de la Salud con sede en Lyon.
Desde allí coordinó estudios de casos y controles en países muy distintos entre sí. Esa es la parte del trabajo que no luce y que es justamente la que da valor al resultado: si el mismo patrón aparece en poblaciones que no se parecen en nada, deja de poder explicarse por las particularidades de un sitio.
El virus del papiloma humano aparecía en los casos con una constancia que no dejaba mucho margen.
1995, el año que abre la puerta
Muñoz impulsó el paso que convierte un hallazgo en decisión: que la agencia reuniera a un grupo de expertos para clasificar formalmente esos virus.
En 1995, los tipos 16 y 18 del VPH quedaron clasificados como carcinógenos del grupo 1, la categoría reservada a lo que está demostrado que causa cáncer en humanos.
Esa etiqueta es lo que permite que una farmacéutica invierta cientos de millones en una vacuna, que un ministerio la meta en el calendario y que un pediatra la recomiende sin matices.
Lo que la vacuna hace, con el número completo
Las primeras vacunas previenen en torno al 70 % de los cánceres de cuello de útero.
Merece la pena decir el número entero y no redondear hacia arriba, porque de él se deduce lo práctico: el cribado sigue siendo necesario. La vacuna y las revisiones no son alternativas.
El premio
En 2008 el Nobel de Medicina se repartió en dos mitades. Una fue para Harald zur Hausen, por descubrir el papel del virus del papiloma humano en el cáncer de cérvix. La otra, para Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier, por el VIH.
Nubia Muñoz fue nominada aquel año y no lo recibió.
No hay aquí ninguna denuncia que hacer: el comité premió un descubrimiento que es real y que es suyo. Lo que sí queda es una pregunta razonable sobre cómo se reparte el crédito en medicina, porque identificar un virus y demostrar que ese virus causa una enfermedad en poblaciones reales son dos trabajos distintos, y el segundo casi nunca tiene cara.
Lo que sí se le reconoció
El mismo 2008, el primer Premio Sir Richard Doll de epidemiología. En 2009, el Canada Gairdner Global Health Award. En 2018, el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en Cooperación al Desarrollo.
Son premios importantes dentro de su campo y desconocidos fuera de él, que es más o menos lo que le pasa a la epidemiología entera.
Y una cosa más
La próxima vez que alguien diga que la ciencia avanza por genios con una idea brillante, esta historia sirve de contraejemplo cómodo.
Lo que hizo posible la primera vacuna capaz de prevenir un cáncer no fue una idea. Fueron años de reunir datos en sitios incómodos, con el mismo método, hasta que los números no admitieron otra lectura.