El asedio más largo de la historia duró 33 años, y no lo ganó nadie
De 1694 a 1727 frente a las murallas de Ceuta. Terminó cuando murió el sultán que lo había ordenado, y para entonces la ciudad ya era otra.
Hay una cifra que cuesta procesar: el asedio de Ceuta duró treinta y tres años. Del 23 de octubre de 1694 al 22 de abril de 1727.
Para que se entienda la escala: un niño nacido dentro de las murallas el primer día del cerco pudo casarse, tener hijos y verlos crecer sin que el asedio terminara. Es, con razones sobradas, el sitio más largo del que se tiene registro.
Cómo empieza
Lo ordena Muley Ismail, sultán de Marruecos desde 1672 y uno de los gobernantes más temidos de su tiempo. Su general Alí ben Abdalá, gobernador de Tetuán y del Rif, planta el cerco delante de la ciudad.
La desproporción era abrumadora. Frente a una guarnición pequeña, un ejército que las crónicas sitúan en el orden de los quince mil hombres, y un campamento levantado a la vista de las murallas para que se viera bien.
La guerra que no se veía
La parte más interesante de los primeros años no ocurrió en la muralla, sino debajo.
La técnica se llamaba zapa: excavar túneles hasta llegar bajo los cimientos, rellenarlos de pólvora y volar el lienzo desde abajo. Era el método estándar para tumbar una fortificación que no se podía escalar.
La respuesta era la contramina, y consistía en algo que suena a novela: cavar tus propios túneles para escuchar. Literalmente escuchar. Los defensores bajaban a galerías excavadas por ellos mismos y trataban de oír los golpes de pico del enemigo para saber por dónde venía, salirle al paso e interceptarlo bajo tierra.
Bajo las murallas de Ceuta se libró durante años una guerra subterránea a oscuras, de la que apenas quedan nombres. Y funcionó: las murallas nunca llegaron a volarse.
Treinta y tres años dan para mucho
Un asedio tan largo deja de ser una batalla y se convierte en una forma de vida. Hubo temporadas de combate intenso y temporadas en que aquello era casi una frontera estable, con su rutina.
En 1720 llegó el momento que podía haberlo cambiado todo: una fuerza de socorro de dieciséis mil soldados al mando del marqués de Lede. Con eso se rompió el cerco.
Y entonces apareció el enemigo que no estaba en los planes de nadie: la peste. Unos meses después, el marqués decidió marcharse. No veía posibilidad de tomar Tetuán ni Tánger, y quedarse con una epidemia dentro no tenía sentido.
En 1721 el cerco volvió a cerrarse. Y siguió otros seis años.
Cómo termina
No con una batalla. Con un funeral.
El asedio se levantó en 1727, cuando murió Muley Ismail. La empresa se sostenía en su voluntad, y sin él se deshizo.
Nadie ganó, en el sentido en que se ganan las guerras. La ciudad no cayó y el sitiador no consiguió nada de lo que buscaba.
La paradoja del final
Y aquí está lo que casi nunca se cuenta, que es lo más interesante de todo.
Ceuta había sido portuguesa durante siglos y conservaba ese carácter incluso después de pasar a la corona española. Durante los veintiséis años de la primera fase del asedio, ese carácter portugués se perdió.
Se entiende sin dificultad: un cuarto de siglo recibiendo guarniciones, suministros, refuerzos, dinero y mandos de un solo lado acaba cambiando lo que una ciudad es, aunque las murallas sigan en pie.
De modo que el asedio fracasó en lo que se proponía —tomar la plaza— y logró sin pretenderlo algo que ningún tratado había conseguido: hacer española a Ceuta por dentro.
Treinta y tres años delante de una muralla que nunca cayó, para acabar transformando la ciudad que había al otro lado.