El apagón ibérico y la palabra que casi nadie explicó: inercia

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El 28 de abril de 2025 la península se quedó sin luz en cinco segundos. Detrás de aquel colapso hay un concepto de física de bachillerato que casi nadie se paró a contar: la inercia de la red.

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Eran las 12:33 del lunes 28 de abril de 2025. En un bar de Zamora se apagó la campana extractora en mitad de una tortilla; en Barcelona, los vagones del metro se detuvieron entre estación y estación; en la meseta, decenas de trenes se quedaron clavados en mitad del campo con la gente dentro y el aire acondicionado muerto. Portugal se apagó a la vez. En cuestión de cinco segundos, la península ibérica pasó de funcionar con normalidad a no tener electricidad.

Al día siguiente, todo el mundo tenía una explicación. Que si un ciberataque, que si las renovables, que si un fenómeno atmosférico raro. Los informes oficiales fueron descartando casi todas: el comité de análisis del Gobierno, cuyas conclusiones se presentaron el 17 de junio de 2025, no encontró rastro de ataque informático y apuntó a un problema de control de tensión y a una cadena de desconexiones de generación que se retroalimentó. Y en medio de aquellas explicaciones apareció una palabra que salía en todos los titulares sin que nadie se molestara en contarla: inercia.

Doscientas toneladas de acero girando a 3.000 vueltas por minuto

Para entender la inercia hay que mirar dentro de una central térmica, nuclear o hidráulica convencional. Ahí hay una turbina acoplada a un alternador: un cilindro de acero que puede pesar cientos de toneladas y que gira, en el sistema europeo, a 3.000 revoluciones por minuto. Ese giro es el que fabrica la corriente alterna de 50 hercios que llega al enchufe. Frecuencia y velocidad de giro son la misma cosa vista desde dos sitios distintos.

La red eléctrica funciona en un equilibrio permanente: lo que se consume tiene que producirse en ese mismo instante. Si de pronto entra más consumo del previsto, las máquinas notan el tirón y tienden a frenar; la frecuencia baja. Si sobra generación, aceleran y sube. Los 50 hercios son el pulso del sistema.

Aquí entra la física de bachillerato. Frenar una masa que gira cuesta energía. Todo ese acero girando actúa como un volante de inercia gigante repartido por el país: cuando se pierde generación de golpe, las máquinas ceden parte de su energía cinética al sistema y la frecuencia, en lugar de desplomarse, baja despacio. Esos segundos de margen son oro. Son lo que permite que arranquen las reservas, que se corten cargas de forma ordenada, que un humano o un automatismo reaccione.

Un panel solar no tiene nada que girar

Un huerto fotovoltaico no tiene turbina ni alternador. Produce corriente continua, y un aparato electrónico llamado inversor la convierte en alterna. El inversor de toda la vida es un aparato obediente: mira la frecuencia y la tensión que hay en la red y se acopla a ellas. Se dice que “sigue” a la red. Si la red se cae, él no tiene masa que aportar ni criterio propio; se desconecta para protegerse. Un aerogenerador sí tiene palas girando, pero su electrónica lo desacopla en buena medida del pulso del sistema, así que su inercia tampoco se transmite sola.

El mediodía del 28 de abril era un momento de sol espléndido y demanda moderada: la fotovoltaica cubría más de la mitad de la generación peninsular. Es decir, había mucha electricidad y poco acero girando. Cuando empezaron a caer instalaciones en cascada, en muy poco tiempo se perdieron unos 15 gigavatios de generación, alrededor del 60% de lo que se estaba consumiendo. Con esa cantidad de masa giratoria en el sistema, la frecuencia se fue al suelo antes de que nada pudiera sujetarla. La interconexión con Francia se abrió, la península quedó como una isla eléctrica y la isla se apagó.

Conviene ser honesto con lo que dicen los informes, porque el matiz importa: la inercia baja no fue la causa del apagón. El disparador estuvo en el control de la tensión y en unas oscilaciones previas que el sistema no supo amortiguar. La inercia explica otra cosa, igual de relevante: por qué fue tan rápido. Con más masa girando, aquel incidente quizá habría sido un susto grande con apagones parciales, en lugar de un cero peninsular.

Máquinas que giran sin quemar nada

La buena noticia es que la inercia se puede fabricar sin volver al carbón. Hay dos caminos y los dos están ya funcionando en el mundo real.

  • Condensadores síncronos. Son alternadores desconectados de cualquier turbina, girando sincronizados con la red sin producir energía. Es acero dando vueltas, y punto: aportan inercia, ayudan a sostener la tensión y mejoran el comportamiento del sistema ante un cortocircuito. En el sur de Australia, una de las regiones del mundo con más porcentaje de renovables, el operador instaló cuatro máquinas de este tipo precisamente para eso. Reconvertir los alternadores de centrales térmicas ya cerradas es una de las opciones que se manejan.
  • Inercia sintética e inversores formadores de red. La electrónica de potencia moderna puede imitar el comportamiento de una máquina rotatoria: en vez de seguir a la red, la construye, fija su propia referencia de frecuencia y responde en milisegundos a una caída. Las grandes baterías son las candidatas naturales, porque tienen energía disponible al instante. La batería de Hornsdale, también en Australia, lleva años demostrando este tipo de servicios.

A eso se suma lo más aburrido y lo más inmediato: mantener acopladas más máquinas síncronas de las estrictamente necesarias. Desde el apagón, el operador español ha venido programando ciclos combinados e hidráulica adicionales para reforzar la estabilidad, con el sobrecoste que eso supone en la factura. Es un parche caro mientras llega el equipamiento definitivo. El paquete normativo que recogía buena parte de estas medidas, el llamado decreto antiapagones, se cayó en el Congreso en julio de 2025, lo que retrasó parte del calendario.

Queda un detalle bonito de esta historia. Durante décadas, los relojes eléctricos de media Europa se ponían en hora contando los ciclos de la red: como el sistema corrige a largo plazo cualquier desvío para que el número de ciclos del día cuadre, un despertador enchufado a la pared era un cronómetro razonablemente fiable. Ese pulso, el mismo que sostenían las turbinas girando a 3.000 vueltas por minuto, es lo que se paró aquel lunes a las 12:33.

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