Un cartel dice que Zuloaga compró un castillo por 78 euros. La cifra real es cuatrocientas sesenta veces mayor, y aun así el castillo era barato

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Qué eran de verdad 13.000 pesetas de 1926, cómo se calcula y por qué en aquel momento una fortaleza del siglo XIII valía lo que hoy un coche.

Un cartel dice que Zuloaga compró un castillo por 78 euros. La cifra honesta es cuatrocientas sesenta veces ma

En el castillo de Pedraza, en Segovia, hay un panel que cuenta que el pintor Ignacio Zuloaga lo compró en 1926 por 13.000 pesetas. Y a continuación, entre paréntesis, traduce esa cifra: 78 euros.

El paréntesis es correcto y no significa nada. Merece la pena explicar por qué, porque es un error que aparece en carteles, en documentales y en titulares constantemente.

Lo que hace el paréntesis

13.000 dividido entre 166,386 da 78,13. Ese 166,386 es el tipo al que la peseta se convirtió en euro en 2002, y sirve exactamente para una cosa: saber cuántos euros te daban en 2002 por un billete que tuvieras guardado en un cajón.

No sirve para nada más. Aplicarlo a una cantidad de 1926 es como traducir una distancia en leguas usando el tipo de cambio del dólar.

Cómo se calcula bien

Hace falta un índice de precios que cubra el periodo. Para España existe y es bueno: el índice de precios de consumo que reconstruyó Jordi Maluquer de Motes y que publicó el Banco de España, con serie continua desde 1830 hasta 2012.

Con ese índice, tomando el año 2000 como base 100.000:

  • 1926 está en 395.
  • 2012 está en 139.441.

Eso da un multiplicador de 353 entre 1926 y 2012. Encadenando después la inflación española de 2013 hasta hoy, que suma en torno a un 30 % acumulado, el multiplicador total ronda 460.

Aplicado a las 13.000 pesetas: unos 36.000 euros de hoy. Con la prudencia de que los últimos ejercicios son estimación, la horquilla razonable va de 34.000 a 38.000.

O sea que el cartel se queda corto por un factor de cuatrocientos sesenta.

Otra forma de mirarlo, que a veces dice más

Los índices de precios miden cestas de la compra, y una cesta de 1926 y otra de 2026 no contienen lo mismo. Por eso conviene una segunda vara de medir: cuánto trabajo costaba.

El jornal de un obrero español en los años veinte se movía, en órdenes de magnitud, entre cinco y ocho pesetas al día. Con esa referencia, 13.000 pesetas venían a ser seis o siete años de sueldo completo.

Dicho así suena distinto, ¿verdad? Ya no es «un coche de segunda mano»: es toda la capacidad de ahorro de una vida obrera.

Y aun con eso, el castillo era barato

Aquí está lo interesante de verdad. Incluso poniendo la cifra correcta, 36.000 euros por una fortaleza del siglo XIII reconstruida en el XV sigue pareciendo un chollo. La pregunta es por qué.

Porque en 1926 un castillo abandonado no era un activo: era un problema. Sin tejado, sin accesos, sin agua corriente, sin electricidad, sin carretera decente y sin un solo turista a la vista, porque el turismo de interior tal y como lo conocemos no existía. Lo que compraba quien compraba eso no era una propiedad rentable: eran metros de muro que había que sostener.

Y ahí está la clave que el paréntesis del cartel se come: Zuloaga se gastó mucho más en restaurarlo que en comprarlo. La compra fue lo barato. Lo caro vino después, y duró años.

La lección, que sirve para otras cifras

Cada vez que veas un precio antiguo traducido a euros con una división, desconfía. La división es aritmética correcta que da un resultado falso.

Y si quieres hacerlo bien, hacen falta dos cosas: un índice de precios de la época, que para España está publicado y es gratis, y una segunda referencia en jornales o en salarios, porque los precios relativos cambian tanto que una sola cifra nunca cuenta la historia entera.

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