Doce libros para descubrir que la ciencia ficción en español lleva ochenta años funcionando

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Durante décadas, los autores españoles de ciencia ficción firmaron con nombres ingleses porque en el quiosco vendían más. Esa costumbre explica buena parte del prejuicio que todavía arrastramos, y aquí van doce libros para desmontarlo.

Doce libros para descubrir que la ciencia ficción en español lleva ochenta años funcionando

En 1953, en los quioscos españoles empezó a venderse una serie de novelas baratas sobre un pueblo expulsado de la Tierra que se rehace entre las estrellas. Se llamaba La saga de los Aznar y la firmaba un tal George H. White. Los lectores compraban aquello convencidos de estar leyendo a un americano.

George H. White era Pascual Enguídanos, valenciano, oficinista, que escribía por las noches para la Editorial Valenciana. Su saga acabó pasando de las treinta novelas y en 1978, en el Eurocon celebrado en Bruselas, se la reconoció como la mejor serie europea de ciencia ficción. El premio se lo dieron a Enguídanos. El nombre de la portada seguía siendo White.

El seudónimo no era un capricho: era el modelo de negocio

Enguídanos no fue una excepción, fue la norma. En la industria del bolsilibro —esas novelas de quiosco de ciento y pico páginas, escritas a destajo y vendidas al precio de un café— firmar con nombre anglosajón era casi una condición del contrato. Clark Carrados era Luis García Lecha. Curtis Garland era Juan Gallardo Muñoz. Ralph Barby era Rafael Barberán. Lou Carrigan era Antonio Vera Ramírez.

El caso más elocuente es el de Silver Kane, que escribió cientos de novelas del oeste y policíacas para Bruguera. Detrás estaba Francisco González Ledesma, abogado barcelonés al que el franquismo había dejado sin poder publicar con su nombre. En 1984 ganó el Premio Planeta con Crónica sentimental en rojo. El mismo hombre, la misma máquina de escribir, treinta años después.

Así que cuando alguien dice que la ciencia ficción en español no existe o llegó tarde, está describiendo con bastante precisión lo que veía en el quiosco. Lo que no sabía es que muchos de aquellos americanos vivían en Barcelona y en Valencia.

Qué se traducía y quién lo decidía

La otra mitad de la historia es la colección Nebulae, que Edhasa arrancó en 1955 y que fue, para varias generaciones, la ciencia ficción a secas: Asimov, Bradbury, Clarke, Sturgeon, van Vogt. Un catálogo excelente y un mensaje implícito muy claro sobre de dónde venía el género bueno.

La grieta la abrió una revista. Nueva Dimensión nació en Barcelona en 1968, impulsada por Domingo Santos, Sebastián Martínez y Luis Vigil, y aguantó quince años publicando a los de fuera y a los de aquí en las mismas páginas, sin pedir perdón. En 1970 le secuestraron un número por incluir un relato de la argentina Magdalena Mouján Otaño, Gu ta gutarrak, sobre unos vascos que viajan al pasado a buscar sus orígenes. La censura entendió el chiste antes que muchos críticos.

Al otro lado del Atlántico iban por delante

Mientras en España se discutía si esto era literatura, en Buenos Aires ya estaba resuelto. En 1940, Adolfo Bioy Casares publicó La invención de Morel, una novela sobre imágenes grabadas que se repiten eternamente en una isla; Borges escribió el prólogo y la llamó perfecta. Ochenta y seis años después seguimos discutiendo si es ciencia ficción o solo una novela extraordinaria, lo cual dice más de nuestras categorías que del libro.

Después vino El Eternauta, publicado por entregas entre 1957 y 1959 con guion de Héctor Germán Oesterheld y dibujo de Francisco Solano López: una nevada mortal cae sobre Buenos Aires y unos vecinos cualquiera se atrincheran en un chalé de Vicente López. Es probablemente la obra de ciencia ficción más influyente escrita en español, y llegó a mucha gente por primera vez con la serie que Netflix estrenó en 2025.

En Chile, Hugo Correa publicó Los altísimos en 1959. En Cuba, Daína Chaviano ganó lectores con Fábulas de una abuela extraterrestre. Y en Argentina, Angélica Gorodischer escribió Kalpa imperial, la crónica de un imperio que no existe contada por sus juglares; Ursula K. Le Guin la tradujo al inglés porque le pareció que había que hacerlo.

Doce puertas de entrada, según lo que te apetezca

No hace falta empezar por el principio ni leer nada por obligación histórica. Elige por antojo.

Si te apetece… Léete Quién y de cuándo
Un misterio breve y perfecto La invención de Morel Adolfo Bioy Casares, 1940
Una invasión contada desde el barrio El Eternauta Oesterheld y Solano López, 1957-59
Aventura espacial clásica Los altísimos Hugo Correa, 1959
Space opera de quiosco, con su encanto La saga de los Aznar Pascual Enguídanos, desde 1953
Prosa deslumbrante sin naves Kalpa imperial Angélica Gorodischer, 1983
Fantasía y ciencia ficción mezcladas Fábulas de una abuela extraterrestre Daína Chaviano, 1988
Primer contacto con las ideas incómodas Consecuencias naturales Elia Barceló, años noventa
Relatos para probar el terreno El círculo de Jericó César Mallorquí, 1995
Viajes en el tiempo y novelón victoriano El mapa del tiempo Félix J. Palma, 2008
Detectives replicantes en Madrid Lágrimas en la lluvia Rosa Montero, 2011
Colapso energético y comuna rural Cenital Emilio Bueso, 2012
Humor gamberro y bichos enormes Super extra grande Yoss, 2012

Quien quiera tirar del hilo tiene una herramienta rarísima a su favor: La Tercera Fundación, una base de datos mantenida por aficionados que lleva años catalogando todo lo publicado en español en el género, novela a novela y revista a revista. Ahí se ve el tamaño real del asunto.

El anuncio del bebé

Un último apunte, por si alguien sigue pensando que aquí nadie escribía del futuro. En 1952, el mexicano Juan José Arreola incluyó en su Confabulario un texto titulado Baby H.P.: el anuncio publicitario de un arnés metálico que se le pone al niño para aprovechar su energía, convertir en electricidad todo el movimiento que gasta durante el día y alimentar con ella los electrodomésticos de casa. Media página. Setenta y cuatro años. Y sigue leyéndose como una noticia de la semana pasada.

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