Tania Head: la barcelonesa que pasó seis años siendo la voz de los supervivientes del 11-S sin haber estado allí
Decía que un joven con un pañuelo rojo la guio hasta la salida. Ese joven existió y murió salvando gente. Apoyarse en su historia mantuvo la suya en pie seis años.
El 11 de septiembre de 2001, una joven de Barcelona estaba en su ciudad haciendo un máster. Seis años después presidía en Nueva York la asociación de supervivientes del atentado contra las Torres Gemelas.
Se llamaba Alicia Esteve Head. En Estados Unidos era Tania Head, y durante seis años fue una de las voces más conocidas de aquel día.
El relato
Contaba que estaba en la planta 78 de la torre sur cuando impactó el segundo avión. Que sobrevivió gravemente herida, con el brazo quemado. Que un hombre moribundo le entregó su alianza para que se la diera a su mujer. Que su prometido había muerto en la torre norte.
Y contaba un detalle más, que es el que sostiene toda la historia: que quien la guio hasta la salida fue un joven con un pañuelo rojo.
Ese joven existió. Se llamaba Welles Crowther, tenía veinticuatro años, trabajaba en una empresa financiera y aquel día volvió a subir varias veces a sacar gente. Murió haciéndolo. Su historia es real, está documentada y es una de las más recordadas del 11 de septiembre.
Al meterse dentro de la historia de Crowther, la de ella quedó protegida. Para dudar de una había que empezar por dudar de la otra.
Lo que hizo con eso
No se quedó en contarlo. Se implicó.
Entró en la World Trade Center Survivors’ Network y acabó presidiéndola. Guiaba visitas por la Zona Cero. Hablaba con familias de fallecidos. Se convirtió en la persona a la que se acudía cuando hacía falta alguien que explicara qué se siente al sobrevivir a aquello.
Eso es lo que hace el caso distinto de una mentira cualquiera: dedicó seis años de su vida a un trabajo real dentro de una historia inventada.
Cómo se cayó
Por un elogio.
En septiembre de 2007, por el sexto aniversario, The New York Times buscaba un perfil inspirador para su cobertura. Varios miembros de la asociación recomendaron a su presidenta.
Y entonces el periódico hizo lo que se hace siempre antes de publicar un perfil: comprobar los datos básicos. Merrill Lynch, donde decía haber trabajado, no tenía constancia de ella. Harvard, donde decía haberse graduado, tampoco. De su prometido no había rastro, y su supuesta familia no la conocía.
El reportaje salió en portada el 27 de septiembre de 2007. Se titulaba, más o menos, que en aquella historia de supervivencia las piezas no encajaban.
Y después
Dejó la asociación. Desapareció de la vida pública y no ha dado explicaciones. Volvió a España.
Nunca se ha establecido por qué lo hizo. No hay pruebas de que se enriqueciera con ello, que es lo primero que busca todo el mundo. Se ha hablado de necesidad de pertenencia y de reconocimiento, pero son conjeturas y conviene decir que lo son.
Se han hecho dos documentales sobre el caso, uno en 2012 y otro este año.
Lo que queda
Hay una manera fácil de contar esto, que es como una anécdota de impostora, y se queda corta.
Lo interesante es lo que dice de cómo entendemos los acontecimientos grandes. Casi tres mil personas murieron aquel día, y esa cifra es imposible de sostener en la cabeza. Así que lo que hacemos, todos, es convertirla en historias: una cara, un nombre, alguien concreto en una planta concreta. Es la única forma que tenemos de que algo tan grande signifique algo.
El hueco que ocupó Alicia Esteve Head existía porque hacía falta alguien ahí. Y durante seis años nadie tuvo motivo para comprobar si quien lo ocupaba tenía derecho.