Por qué una sospecha se toma como prueba: tres teorías de la ciencia política y la psicología social

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Por qué una sospecha se toma como prueba: la polarización afectiva, el razonamiento conspirativo y la economía de la atención, explicados con sus autores y un ejemplo cotidiano de cada uno.

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Por qué una sospecha se toma como prueba es una pregunta que la ciencia política y la psicología social llevan décadas estudiando, y se ve en pequeño en el grupo de mensajes de cualquier comunidad de vecinos. Alguien escribe que el administrador de la finca ha inflado una factura. No hay documento adjunto, ni cifra, ni fecha. En diez minutos hay quince respuestas, y la mayoría da el asunto por hecho. Nadie ha visto la factura todavía.

La investigación maneja tres ideas para explicarlo: la polarización afectiva, el razonamiento conspirativo y los incentivos del mercado político y de la economía de la atención. Los estudios los han encontrado en votantes de signos muy distintos.

Polarización afectiva: cuando el rechazo llega antes que los datos

Durante mucho tiempo, medir la polarización consistía en comparar posturas sobre impuestos, sanidad o política exterior. En 2012, Shanto Iyengar, Gaurav Sood y Yphtach Lelkes publicaron en la revista Public Opinion Quarterly un artículo titulado «Affect, Not Ideology: A Social Identity Perspective on Polarization» que cambió el foco. Con encuestas estadounidenses de varias décadas, mostraron que había crecido sobre todo la antipatía hacia quienes votan al bando contrario.

Una de sus mediciones se ha citado mucho: la incomodidad declarada ante la idea de que un hijo o una hija se casara con alguien del otro partido. En 1960 era una respuesta muy minoritaria; medio siglo después la proporción se había multiplicado.

El enfoque parte de la teoría de la identidad social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner en los años setenta: las personas se definen en parte por los grupos a los que pertenecen y tienden a ver con mejores ojos a su grupo que a los demás. Aplicado a la política, si el adversario despierta una hostilidad intensa, una acusación contra él resulta creíble antes de examinar nada, porque encaja con lo que ya se siente.

Un ejemplo cotidiano

Dos peñas rivales del mismo pueblo preparan las fiestas. Corre el rumor de que una de ellas ha recibido más dinero del ayuntamiento. Los de la otra peña lo creen al instante; los de la peña señalada lo desmienten al instante. Ninguno de los dos grupos ha pedido todavía las cuentas.

Razonamiento conspirativo: explicaciones que no se pueden refutar

La segunda idea describe una forma de razonar. Si una institución confirma lo que sospecho, tengo razón; si lo desmiente, es que también está implicada. El resultado es una explicación que gana con cualquier respuesta posible.

El filósofo Karl Popper planteó en La lógica de la investigación científica (1934) que una teoría solo es científica si existe algún hecho que, de producirse, la demostraría falsa. Lo llamó falsabilidad. Una explicación que absorbe cada desmentido como confirmación queda fuera de ese criterio.

En 2009, los juristas Cass Sunstein y Adrian Vermeule publicaron «Conspiracy Theories: Causes and Cures» en el Journal of Political Philosophy. Allí retomaron la expresión «epistemología lisiada» (crippled epistemology), tomada del politólogo Russell Hardin, para describir a quien dispone de pocas fuentes de información, casi todas del mismo signo. Señalaron además que estas teorías tienden a sellarse a sí mismas.

Desde la psicología, Karen Douglas, Robbie Sutton y Aleksandra Cichocka publicaron en 2017 «The Psychology of Conspiracy Theories» en Current Directions in Psychological Science. Propusieron tres tipos de motivos detrás de su atractivo: epistémicos (entender lo que pasa), existenciales (sentirse seguro y con control) y sociales (mantener una buena imagen de uno mismo y del propio grupo).

Un ejemplo cotidiano

En un colegio se extiende la idea de que el comedor sirve comida de peor calidad de la que figura en el contrato. La dirección publica las facturas del proveedor. Para una parte de las familias, eso lo aclara. Para otra, que la dirección enseñe papeles tan rápido demuestra que lo tenía preparado.

Mercado político y economía de la atención

La tercera idea viene de la economía. En 1957, Anthony Downs publicó An Economic Theory of Democracy, donde trató la competencia electoral como un mercado: los partidos formulan políticas para ganar elecciones, más que ganar elecciones para aplicar políticas. Describió también la ignorancia racional: informarse a fondo cuesta, y un voto suelto rara vez decide nada.

En 1971, Herbert Simon escribió que la abundancia de información genera pobreza de atención. Los mensajes pasan a competir por ella.

En 2017, un equipo dirigido por William Brady publicó en PNAS que los mensajes con más palabras de carga moral y emocional se compartían más en redes sociales. En 2018, Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral publicaron en Science un análisis de difusiones en Twitter: las informaciones falsas llegaban más lejos y más deprisa que las verdaderas. Así, una acusación espectacular consigue atención, refuerza la pertenencia al grupo y moviliza emociones aunque luego no se sostenga.

Un ejemplo cotidiano

Un restaurante de barrio aparece en un vídeo que asegura que reutiliza el aceite durante semanas. El vídeo suma decenas de miles de reproducciones en un día. La inspección sanitaria que no encuentra nada, semanas más tarde, apenas circula.

Tres teorías sobre por qué una sospecha se toma como prueba

Las tres vienen de disciplinas y autores distintos. La polarización afectiva mira lo que se siente hacia el otro grupo; el razonamiento conspirativo, cómo se procesa lo que llega; los incentivos de atención, qué mensaje circula más. En el grupo de vecinos del principio podrían estar actuando las tres a la vez.

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