La polémica Unamuno-Ortega: europeizar España o «africanizarse a la antigua»

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Cómo empezó y cómo acabó la polémica entre Unamuno y Ortega sobre europeizar España: las cartas, el artículo de 1909 en El Imparcial y las frases que dejó.

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La polémica entre Unamuno y Ortega sobre europeizar España empezó en cartas privadas, siguió en revistas y terminó un lunes de septiembre de 1909 en la página 3 de El Imparcial, con el joven filósofo llamando al rector de Salamanca «energúmeno español». Entre medias había una pregunta que España se venía haciendo desde la derrota de 1898: si el país se había quedado atrás por no parecerse lo bastante a Francia, Alemania o Inglaterra, o si el problema era otro.

El punto de partida: España después de 1898

La pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam en el Tratado de París de diciembre de 1898 dejó a una generación de escritores buscando culpables y remedios. Joaquín Costa, el más escuchado, resumió su receta en dos palabras, «escuela y despensa», y tituló uno de sus libros Reconstitución y europeización de España. Europeizar se convirtió en el verbo de moda. Significaba ciencia, universidades serias, industria, administración que funcionase.

Miguel de Unamuno, nacido en Bilbao en 1864, compartió al principio buena parte de ese diagnóstico. José Ortega y Gasset, nacido en Madrid en 1883, lo heredó entero y le añadió una temporada de estudios en Alemania. Durante años se escribieron con respeto. Hasta que dejaron de estar de acuerdo.

Qué se discutía en la polémica Unamuno-Ortega sobre europeizar España

En diciembre de 1906 Unamuno publica en La España Moderna el ensayo «Sobre la europeización». Ahí confiesa la «íntima repugnancia» que le produce el espíritu europeo moderno y propone, medio en broma y medio en serio, «africanizarse a la antigua», a la manera de San Agustín y Tertuliano, los dos grandes escritores cristianos del norte de África. Ese mismo año, en el diálogo «El pórtico del templo», pone en boca de un personaje el famoso «Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones».

Para Ortega aquello era una deserción. En un artículo titulado «Sobre los estudios clásicos», recogido en el primer tomo de sus Obras completas, anuncia unas «disputas que estoy componiendo contra la desviación “africanista”, inaugurada por nuestro maestro y morabito don Miguel de Unamuno». Lo de «morabito», que es como se llama en el Magreb a un santón o ermitaño musulmán, no era un elogio.

Lo curioso es que la imagen africana la usaban los dos. En una carta a Unamuno, citada por el investigador Jan-Henrik Witthaus en un estudio publicado en Iberoamericana, Ortega escribe: «Africanos somos, don Miguel; y lo que es lo mismo enemigos de la humanidad y de la cultura, odiadores de la Idea». Ortega lo decía como un lamento. Unamuno lo convertía en orgullo.

Septiembre de 1909: la carta de ABC y la respuesta en El Imparcial

El choque público llegó en un mal momento para el país. En verano de 1909 estalló la guerra de Melilla, con el desastre del Barranco del Lobo, y en Barcelona la Semana Trágica. Unamuno escribió una carta privada a Azorín, en la que respaldaba sus opiniones, y ABC la publicó a mediados de septiembre. En ella hablaba de «los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos».

Ortega contestó el 27 de septiembre en «Unamuno y Europa, fábula», en Los Lunes de El Imparcial. Se dio por aludido con todas las letras: «Yo soy plenamente, íntegramente, uno de estos papanatas: apenas si he escrito, desde que escribo para el público, una sola cuartilla en que no aparezca con agresividad simbólica la palabra: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España».

Y luego vino lo personal. Le reprocha que ponga al místico San Juan de la Cruz por delante de Descartes, cuando a Unamuno «le consta que sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos, y menos que nada el pardo sayal de Juan de Yepes». Lo llama «energúmeno español» dos veces y lo acusa de haber «faltado a la verdad». Aun así, termina el artículo con una frase de respeto: dice que le sobrecoge «un gran dolor» ante los yerros «de tan fuerte máquina espiritual».

Cómo siguió cada uno

Ortega convirtió su postura en programa. En la conferencia «La pedagogía social como programa político», pronunciada en Bilbao el 12 de marzo de 1910, dejó la frase que se estudia en bachillerato: «Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo. Verdaderamente se vio claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución». Lo recoge el portal de europeístas españoles de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Unamuno no se movió. En la conclusión de Del sentimiento trágico de la vida (1913) recordó el escándalo del «¡que inventen ellos!» y escribió: «Expresión paradójica a que no renuncio». En las últimas líneas del libro se despide con una burla dirigida a los «bachilleres Carrascos del regeneracionismo europeizante, jóvenes que trabajáis a la europea, con método y crítica… científicos».

Quién ganó la discusión

Depende de a quién se pregunte, y por eso sigue viva. La España del siglo XX acabó pareciéndose mucho más al programa de Ortega, con laboratorios, becas para estudiar fuera y, mucho después, la entrada en la Comunidad Europea en 1986. Pero la desconfianza de Unamuno ante la idea de que todo se arregla importando métodos tampoco desapareció, y reaparece cada vez que alguien discute si modernizarse obliga a dejar de ser quien uno era.

El final de los dos coincidió con la guerra. Ortega salió de España en agosto de 1936. Unamuno murió en Salamanca el 31 de diciembre de ese año, dos meses y medio después de su enfrentamiento con Millán Astray en el paraninfo de la universidad, el 12 de octubre. Los textos de la polémica siguen ahí, en las hemerotecas digitalizadas, para quien quiera leerlos sin intermediarios.

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