Una casa en la Sevilla de 1417: 4.700 maravedís, pagados en doblas de oro
La escritura se conserva y está digitalizada. Dice quién vendió, quién compró, con qué vecinos lindaba y ante qué escribano se firmó. Y permite hacer una cuenta que estos días circula bastante.
El 1 de marzo de 1417, en Sevilla, un matrimonio vendió su casa. Él se llamaba Juan González Alfajeme, ella Teresa Bernal, y vivían en la collación de Omnium Sanctorum, que era como entonces se decía el barrio de la parroquia. La escritura no se ha perdido: está en el Archivo de la Diputación Provincial de Sevilla, en la sección de pergaminos, con la signatura ES.41063 23/09//PER_0677, y se puede consultar digitalizada.
Eso es lo raro del asunto. No es un cálculo aproximado ni una media reconstruida a partir de veinte fuentes. Es una casa concreta, con nombre y apellidos de los dueños, y un precio escrito.
Qué vendieron exactamente
El documento las llama «unas casas con su sobrado y corral». En plural, porque así se decía, y el sobrado es la planta de arriba. La vivienda urbana sevillana de aquella época tenía abajo el taller o la tienda, el sitio de cocinar y de comer, un patio y su pozo; arriba, dos o tres habitaciones, y a veces una bodega y un lugar donde guardar comida. Sumando, cerca de cien metros útiles.
Es decir: la casa era también el trabajo. No se salía a trabajar, se bajaba.
Quién la compró y quiénes eran los vecinos
La compradora no fue otra familia. Fue la Cofradía de Santa María de la Candelaria, que la adquirió «por juro de heredad», la fórmula de entonces para decir que pasaba a ser suya para siempre y sin condiciones.
Y el documento, como todas las escrituras de la época, describe con quién lindaba, que es la forma medieval de dar una dirección. Por un lado, las casas de Ferrand Sánchez, sacristán y mayordomo de la iglesia de Omnium Sanctorum. Por el otro, las de Alfonso Fernández Gallego, armador, que era quien equipaba barcos.
Ahí, en esa línea, está retratado un barrio entero: el sacristán de la parroquia y un hombre del río, pared con pared. Firmó Antón Sánchez, escribano público de Sevilla.
El precio, y cómo se pagó
Cuatro mil quinientos maravedís, más doscientos en concepto de ayuda para la alcabala, que era el impuesto que gravaba las ventas. Cuatro mil setecientos en total.
Pero el detalle que da la textura es cómo se pagó: en doblas de oro. El maravedí llevaba siglo y medio perdiendo valor y funcionaba sobre todo como unidad de cuenta; cuando había que poner el dinero encima de la mesa, se ponía oro. La cifra se decía en maravedís y el pago se hacía en otra cosa.
La cuenta que circula estos días
De aquí sale un cálculo que se ha hecho popular: si un maestro albañil sevillano de principios del siglo XV cobraba unos diecisiete maravedís por jornada, necesitaba 277 jornales para pagar esa casa. Alrededor de un año. Hoy, un piso de ochenta metros en Sevilla capital ronda los 234.000 euros y el salario medio bruto en España son 29.540 euros: casi ocho años.
La comparación es llamativa y por eso viaja. Conviene, eso sí, saber de qué está hecha.
El jornal de diecisiete maravedís procede de la documentación de las obras de la alhóndiga de Sevilla, que son de 1402 y 1403. La casa se vendió en 1417. Entre una cosa y otra hay quince años, y en ese tiempo el maravedí siguió cayendo, así que el salario de 1417 casi con seguridad era más alto y los jornales necesarios, menos.
Hay además una diferencia de oficio. Un maestro albañil no era un trabajador cualquiera: era un artesano cualificado, con años de aprendizaje detrás y un gremio que le respaldaba. Compararlo con la media española de hoy es comparar un escalón alto de entonces con el promedio de ahora.
Y falta lo principal: no existe un precio medio de la vivienda en la Sevilla de 1417. Existe esta escritura. Una venta, a una cofradía, en un barrio concreto. Es un dato precioso y es un dato solo.
Lo que sí queda en pie
Quitada la aritmética, queda algo que no depende de ella. Hace seiscientos años, en una ciudad que era de las mayores de Castilla, una familia con un oficio podía comprar una casa de cien metros con patio, pozo y taller, y podía contarlo en jornales. No en décadas.
La parte incómoda no es la cifra exacta. Es que la cuenta se pudiera hacer.