«Difícil»: la palabra que le costó la carrera a Katherine Heigl, y no solo a ella

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Ganó el Emmy en 2007 y al año siguiente renunció a competir diciendo que el material no lo merecía. Lo que vino después le pasó a otras antes y después que a ella, y casi siempre con la misma palabra.

Plató de televisión vacío con las luces apagadas

En septiembre de 2007, Katherine Heigl subió a recoger el Emmy a mejor actriz de reparto por su papel de Izzie Stevens en Anatomía de Grey. Diez meses después renunció a presentar su trabajo para la edición siguiente. Y explicó por qué: no creía que las tramas que le habían dado esa temporada justificaran una nominación.

Fue sincera, fue pública y fue el final de su carrera tal y como iba.

Lo que dijo, y lo que se entendió

Dicho así suena a arrogancia. Leído en frío, es otra cosa: una actriz diciendo que el guion que le tocó no daba para un premio. El problema es que en el guion trabajaban otras cuarenta personas, y lo que se entendió fue un desprecio a su trabajo.

No venía sola. Ese mismo año, Heigl había dicho en una entrevista con Vanity Fair que Lío embarazoso, la comedia que la había convertido en estrella de cine, le parecía «un poco sexista», y que pintaba a las mujeres como «arpías, sin sentido del humor y estiradas». Seth Rogen, su compañero de reparto, contó años después que se sintió traicionado.

Y había una tercera cosa, la que menos se comentó entonces: Heigl se había quejado en público de las jornadas de rodaje de la serie, que podían llegar a las diecisiete horas.

De esas tres declaraciones, dos eran opiniones discutibles sobre un guion y una película. La tercera era una denuncia laboral. Las tres se metieron en el mismo saco y salieron con una sola etiqueta pegada encima: difícil.

La etiqueta

Conviene fijarse en cómo funciona esa palabra, porque es de una eficacia notable.

No acusa de nada concreto. No hay que demostrarla, no admite defensa y no caduca. Nadie la firma: circula. Y a diferencia de un escándalo, que se olvida, «difícil» se queda en la ficha de alguien durante años, porque no se puede desmentir lo que nadie ha dicho en voz alta.

Heigl salió de Anatomía de Grey en 2010. Su carrera en el cine, que iba hacia arriba, dejó de ir hacia arriba.

Los otros casos

Megan Fox. En 2009, en una entrevista con la revista Wonderland, comparó la manera de dirigir de Michael Bay con la de Hitler y con Napoleón. No estuvo en la tercera entrega de Transformers. Bay contó después que la decisión había sido de Steven Spielberg, ofendido por el comentario. Spielberg lo negó: dijo que eso no pasó. Y el propio Bay acabó reconociendo que a él el comentario no le había ofendido.

O sea: la actriz se quedó fuera, y ninguno de los dos señores a los que se atribuye la decisión admite haberla tomado.

Mo’Nique. Ganó el Óscar a mejor actriz de reparto en 2010 por Precious. Cinco años después contó a The Hollywood Reporter que el director de la película, Lee Daniels, le había dicho por teléfono que estaba vetada «porque no jugaste el juego»: no había hecho la campaña promocional que se esperaba de ella. Daniels lo discutió, y dijo que sus exigencias durante Precious le habían costado la relación con parte del sector. En 2022, trece años después, se reconciliaron y él le pidió perdón en público.

Dos versiones distintas de lo mismo, y una carrera que estuvo diez años parada mientras se aclaraba.

Lo que tienen en común

Tres cosas, y ninguna es que tuvieran razón.

La primera: hablaron en una entrevista, no en un despacho. En un sector donde las quejas se transmiten por agentes y a puerta cerrada, decirlo delante de un periodista es la infracción.

La segunda: eran mujeres jóvenes en el momento más alto de su carrera, o sea justo cuando más tenían que perder y menos capital acumulado tenían para gastarlo.

Y la tercera, la que más llama la atención: en ningún caso hubo un despido, una demanda ni un comunicado. No hay un documento que enseñar. Simplemente dejaron de llegar los papeles.

El giro

En 2023, Heigl se sentó con Ellen Pompeo —Meredith Grey— para la serie de conversaciones Actors on Actors de Variety. Era la primera vez en trece años.

Pompeo dijo esto de las quejas de su compañera sobre las jornadas: que iba adelantada a su tiempo, que hizo una declaración sobre unos horarios de locos y que la respuesta fue machacar a una mujer y llamarla desagradecida, cuando lo que decía era completamente cierto.

Seth Rogen también matizó lo suyo: dijo que se había sentido traicionado, sí, pero que ella tenía derecho a decir lo que pensaba de la película y que no le gustaba nada que aquello le hubiera costado la carrera.

Los dos tardaron más de una década en decirlo. Y ese es el detalle que de verdad importa, porque durante esos años los dos podían haberlo dicho y la etiqueta seguía puesta.

Lo que queda

Las jornadas de diecisiete horas por las que a Heigl la llamaron malcriada son hoy una conversación abierta en la industria, y de las que más se discuten en cada negociación de convenio. La queja era correcta. El error fue el momento y el sitio.

Hay una asimetría en todo esto que no se arregla con una reconciliación tardía: la productora, el director y el estudio siguieron trabajando sin un rasguño. La reputación que se rompió fue una sola, y no era la de quien mandaba.

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