¿Es verdad que ser amable te hace perder respeto en el trabajo? Lo que dicen los estudios

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Es verdad que ser amable te hace perder respeto en el trabajo: lo que dice la psicología social sobre calidez y competencia, el estudio de las madres profesionales, la amabilidad y el sueldo y los dadores de Adam Grant.

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¿Es verdad que ser amable te hace perder respeto en el trabajo? La frase circula estos días en un anuncio de una app de oratoria: «cuanto más amable eres, más rápido pierdes el respeto». Suena a sabiduría de pasillo, de esas que todo el mundo cree haber comprobado alguna vez. La psicología social lleva más de veinte años estudiando justo esta tensión. Su respuesta es más interesante que el eslogan y bastante menos cínica.

Los dos ejes con los que juzgamos a los demás

En 2002, Susan Fiske, Amy Cuddy, Peter Glick y Jun Xu publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology lo que hoy se conoce como modelo del contenido de los estereotipos. La idea es que, cuando juzgamos a una persona o a un grupo, nos hacemos dos preguntas casi automáticas: si tiene buenas o malas intenciones (calidez) y si es capaz de llevarlas a cabo (competencia).

De esas dos preguntas salen cuatro combinaciones con emociones bastante previsibles. A quien es cálido y competente se le admira. Al cálido pero poco competente se le compadece. Al competente pero frío se le envidia. Y al que no es ni lo uno ni lo otro se le desprecia.

En una revisión de 2007 en Trends in Cognitive Sciences, Fiske, Cuddy y Glick lo resumieron así: a quien se percibe como cálido y competente se le responde con emociones y conductas positivas en todo, y a quien destaca solo en uno de los ejes, con reacciones ambivalentes.

Fíjate en lo que eso implica: según el modelo, la amabilidad da problemas cuando viene sola, sin señales de que además sabes hacer tu trabajo.

El caso que más se parece al eslogan: las madres profesionales

En 2004, Cuddy, Fiske y Glick publicaron un estudio con un título que lo dice todo: «When professionals become mothers, warmth doesn’t cut the ice» («Cuando las profesionales son madres, la calidez no basta»). Pidieron a 122 universitarios que evaluaran a empleados ficticios.

Cuando una trabajadora era presentada como madre, se la veía más cálida y menos competente. Cuando un trabajador era padre, ganaba calidez y mantenía la competencia. Y lo que predecía el interés en contratar, ascender o formar a alguien era la competencia. A las madres, la calidez extra no les servía de nada. La competencia perdida sí les pasaba factura.

Ese estudio no dice que ser amable haga perder respeto. Dice algo más incómodo: que, a ciertas personas, la gente les quita competencia en cuanto las ve cálidas, por prejuicio y no por lo que hacen. Es un estudio con estudiantes y perfiles inventados, y conviene no estirarlo más de la cuenta.

¿Es verdad que ser amable te hace perder respeto en el trabajo, y también dinero?

Un trabajo de Timothy Judge, Beth Livingston y Charlice Hurst, de 2012, se tituló a propósito «Do nice guys—and gals—really finish last?» («¿De verdad los buenos acaban los últimos?»). Midieron la amabilidad como rasgo de personalidad, la de quien evita el conflicto y busca agradar, y la cruzaron con los ingresos en cuatro estudios.

Las personas más amables ganaban menos, y el efecto era más fuerte en hombres que en mujeres. El experimento final apuntaba a una explicación: el castigo social al hombre amable, que rompe lo que se espera de su papel.

Aquí hay que separar dos cosas. Una es ser amable, que es tratar bien a la gente. Otra es tener un rasgo de personalidad que lleva a ceder siempre, a no negociar el sueldo y a no llevar la contraria. El estudio mide lo segundo.

Dar sin dejarse explotar

El psicólogo Adam Grant, de Wharton, llevó esta discusión al gran público con Give and Take (2013). Distingue tres estilos en el trabajo: los tomadores, que intentan sacar todo lo posible; los ajustadores, que buscan intercambios equilibrados, y los dadores, que ayudan sin esperar nada a cambio. En la presentación de su libro lo resume así: algunos dadores son explotados y acaban quemados, y el resto consigue resultados extraordinarios.

Entonces, ¿qué hacemos con la amabilidad?

Juntando los estudios, el retrato queda bastante lejos del eslogan:

  • La calidez por sí sola no hace perder respeto. Se vuelve un riesgo cuando no va acompañada de señales de competencia.
  • Ese riesgo no se reparte igual. Hay colectivos, como las madres trabajadoras en el estudio de 2004, a los que se les descuenta competencia por prejuicio.
  • Ser complaciente, que es ceder siempre, sí aparece asociado a ganar menos. Es otra cosa que ser amable.

En la práctica, eso se traduce en algo concreto: acompañar el gesto amable de una propuesta, un dato o una decisión. «Gracias por el trabajo, mañana te paso los cambios de la segunda parte» es amable y competente a la vez.

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