Once barcos de un solo armador griego obligaron a reescribir las sanciones de la UE

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Grecia vetó el paquete entero hasta que se protegió a su industria naval. Salió adelante el 23 de julio, con una exención. La historia explica bastante bien cómo se fabrica una sanción.

Buque metanero en un puerto del norte al amanecer

En julio, la Unión Europea aprobó un nuevo paquete de sanciones contra Rusia. Para conseguirlo tuvo que reescribir uno de sus puntos, porque un país lo vetaba entero. Ese país era Grecia, y lo que estaba defendiendo cabe en una lista corta: once barcos.

El armador

Los barcos son de Dynagas, la naviera de gas del armador griego George Prokopiou. Once buques contratados para transportar gas natural licuado ruso, siete de ellos metaneros rompehielos, preparados para navegar por el Ártico. No hay muchos barcos así en el mundo, y ahí está media historia.

Prokopiou pertenece a esa clase de empresario que casi nunca sale en las noticias y que decide cosas que sí salen. Empezó comprando un petrolero a principios de los setenta y hoy controla varias navieras. Grecia, con la mayor flota mercante del mundo, tiene unos cuantos como él.

Lo que proponía Bruselas

El punto conflictivo del paquete no era prohibir que entrara gas ruso en Europa. Era algo más amplio: prohibir que cualquier operador europeo transportara gas ruso, fuera cual fuera su destino. Un barco griego llevando gas de Yamal a Asia habría quedado fuera de la ley europea.

Grecia lo bloqueó. Y su argumento merece atención porque no era el que se suele oír en estos casos.

No dijo que las sanciones fueran injustas ni que hubiera que ser blandos con Moscú. Dijo que esa prohibición concreta no le quitaría ingresos al Kremlin, porque el gas se seguiría cargando igual: lo llevarían navieras chinas o de terceros países. Lo único que cambiaría es quién cobra el flete. El daño para Rusia, cero; el daño para la flota europea, todo.

Cómo se resolvió

El 23 de julio salió adelante, con una costura visible: los contratos firmados antes de la invasión de Ucrania quedan exentos, y a partir de ahora los operadores europeos no pueden firmar contratos nuevos.

Traducido: lo que ya estaba andando sigue andando y lo que no ha empezado no empezará. Es una solución que deja contentos a casi todos y que también explica por qué las sanciones tardan tanto en morder. No se prohíbe el negocio: se prohíbe crecerlo.

Por qué esto no es una anécdota

Circula la idea de que un empresario ha puesto en jaque a la Unión Europea. Es exagerado, y además tapa lo interesante.

Lo que ha pasado no es que un señor tenga poder sobre Bruselas. Es que la Unión decide estas cosas por unanimidad, y en un sistema así cualquier Estado puede convertir un interés nacional concreto en la condición para que avance todo lo demás. Grecia no ha ganado por ser fuerte: ha ganado por ser una de veintisiete.

Y hay un segundo detalle, más incómodo. El argumento griego probablemente sea correcto. Prohibir que barcos europeos lleven gas ruso a terceros países no reduce la exportación rusa mientras haya flota disponible en otros sitios, y la hay. Es decir, que el veto se apoyaba en un análisis razonable a la vez que defendía un interés propio. Las dos cosas a la vez.

Ahí está lo que hace difícil este asunto: una medida puede ser justa y a la vez inútil, y distinguir cuándo alguien la frena por lo primero o por lo segundo casi nunca se puede.

Lo que queda

Un paquete aprobado, una exención escrita, once barcos que siguen navegando y un precedente sobre la mesa: si el siguiente paquete vuelve a tocar el transporte marítimo, ya se sabe dónde está el botón.

Y una lección más general para leer las próximas noticias sobre sanciones. Lo relevante casi nunca es lo que se anuncia el día del acuerdo. Está en las excepciones, que se negocian de madrugada, se redactan en dos líneas y deciden a quién le cambia la vida y a quién no.

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