El microondas, el Post-it y la arquitectura de la IA: tres inventos que nadie estaba buscando

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Una chocolatina derretida, un pegamento fallido y un artículo que solo quería traducir mejor al alemán. Qué tienen en común los accidentes que acaban cambiando una industria.

El microondas, el Post-it y la arquitectura de la IA: tres inventos que nadie estaba buscando

En 1945, un ingeniero de Raytheon llamado Percy Spencer estaba de pie frente a un magnetrón, el tubo que generaba las microondas de los radares militares. Se metió la mano en el bolsillo y encontró una chocolatina derretida. En vez de tirarla y seguir con su trabajo, se preguntó por qué.

El microondas, el Post-it y la arquitectura de la IA: tres inventos que nadie estaba buscando

Al día siguiente puso granos de maíz delante del aparato. Saltaron. Después probó con un huevo, que le explotó en la cara a un compañero. De ahí salió el horno microondas.

La historia se cuenta siempre como un golpe de suerte. Y lo fue, en parte. Pero conviene fijarse en el detalle que suele quedar fuera: Spencer llevaba décadas trabajando con tubos de radio y tenía ciento cincuenta patentes a su nombre. La chocolatina se le derritió en el bolsillo porque estaba delante de un magnetrón encendido, que es un sitio donde muy poca gente pasa la mañana.

El pegamento que no pegaba

En 1968, un químico de 3M llamado Spencer Silver buscaba un adhesivo ultrarresistente para la industria aeronáutica. Le salió lo contrario: un pegamento que apenas agarraba, que se despegaba sin dejar rastro y que se podía volver a pegar una y otra vez.

Para el encargo era un fracaso completo. Silver, en lugar de archivarlo, se pasó los siguientes cinco años dando charlas internas sobre su pegamento inútil, buscando a alguien a quien le sirviera.

Lo encontró en 1974. Un compañero, Art Fry, cantaba en el coro de su iglesia y se hartaba de que se le cayeran los papelitos que marcaban las páginas del cancionero. Se acordó de las charlas del pegamento malo.

El Post-it llegó al mercado en 1980, doce años después de haberse inventado por error el material que lo hacía posible.

La empresa de condimentos que aísla los chips de la IA

Este es el caso más difícil de creer de los tres.

Ajinomoto es la compañía japonesa que popularizó el glutamato monosódico, el potenciador de sabor. Lleva más de un siglo dedicada a la química de los aminoácidos, que es lo que hay detrás de ese producto.

De esa química salió, a mediados de los noventa, una resina aislante en forma de película. La bautizaron ABF, por Ajinomoto Build-up Film, y sirve para aislar las capas de los sustratos sobre los que se montan los procesadores.

Hoy, la práctica totalidad de los chips de gama alta del mundo se empaquetan con esa película. La empresa del glutamato acabó siendo un cuello de botella de la industria de los semiconductores, con un margen operativo en ese negocio que ronda el 45%, muy por encima del de la comida. Nvidia ha llegado a implicarse en que amplíen la producción.

Nadie en Ajinomoto se propuso entrar en la electrónica. Se propusieron entender los aminoácidos, y resultó que esa química servía para otra cosa.

Y el caso que lo explica todo mejor

En 2017, un equipo de Google publicó un artículo con un título que sonaba a broma interna: «Attention is all you need». Lo que querían era mejorar la traducción automática.

El resultado que presentaron fue subir a 28,4 puntos BLEU en la prueba estándar de traducción del inglés al alemán, más de dos puntos por encima de lo mejor que había hasta entonces. BLEU es una métrica de calidad de traducción que fuera de ese campo no le importa a nadie.

La arquitectura que describía ese artículo se llamaba Transformer. Es la que hay debajo de ChatGPT, de Claude, de Gemini y de prácticamente todo lo que hoy se llama inteligencia artificial.

Nadie estaba construyendo eso. Estaban intentando traducir mejor.

Lo que tienen en común

La lectura fácil de estas historias es que la suerte manda. La lectura útil es otra.

Spencer llevaba treinta años delante de tubos de radio. Silver se pasó cinco años enseñando su pegamento fallido a quien quisiera escucharlo. Ajinomoto llevaba décadas de química de aminoácidos. El equipo de Google llevaba años peleándose con modelos de traducción.

Ninguno de ellos encontró lo que buscaba. Todos estaban buscando algo.

Es una diferencia que importa, porque explica por qué la estrategia contraria no funciona. Se puede pasar un año comparando opciones, leyendo, viendo vídeos y haciendo listas, con la sensación perfectamente real de estar avanzando. Y al final de ese año no ha pasado nada, porque los accidentes útiles solo le ocurren a quien tiene algo en marcha.

La chocolatina no se derrite si no estás delante del magnetrón.

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