La nave de fusión vuelve a la mesa: de un plano de los setenta a un banco de pruebas encendido
Pulsar Fusion confinó plasma por primera vez en el escape de su motor Sunbird en marzo de 2026. La idea, sin embargo, viene de un estudio británico de los años setenta.

En los años setenta, un grupo de ingenieros británicos dedicó cinco años a un plano que nadie iba a construir. El resultado, el Proyecto Daedalus, era una sonda interestelar movida por fusión nuclear, y su mérito no fue el diseño en sí, sino haber tratado una nave estelar como un problema de ingeniería con números en lugar de como un decorado de película. Aquel estudio de la British Interplanetary Society sacó el viaje entre estrellas del cajón de la especulación.
Medio siglo después, el asunto ha vuelto, y esta vez con hardware encendido.
Un banco de pruebas en Inglaterra
El 25 de marzo de 2026, la empresa británica Pulsar Fusion anunció haber generado y confinado plasma por primera vez en el sistema de escape de Sunbird, el motor de fusión que desarrolla para el espacio. Conviene ser preciso con lo que eso significa: han conseguido crear y sujetar plasma en el banco de pruebas del escape, que es el primer peldaño de una escalera larga.
El diseño tiene nombre propio, Dual Direct Fusion Drive, y una diferencia importante con los reactores que se construyen en tierra. Un reactor terrestre quiere convertir la reacción en electricidad. Un motor como este quiere lo contrario: dejar salir por la tobera las partículas cargadas para que empujen. Las cifras que la compañía da como objetivo del motor acabado son de 10.000 a 15.000 segundos de impulso específico, velocidades de escape de entre 98 y 147 kilómetros por segundo y dos megavatios de potencia eléctrica.
Sunbird no está pensado como una nave completa, sino como un remolcador reutilizable que espera en órbita, se acopla a la nave que llega y la empuja. La empresa habla de llegar a Marte en algo menos de seis meses frente a los hasta diez que necesita hoy la propulsión química, y sitúa en 2027 una demostración en órbita de los componentes principales.
No están solos
Al otro lado del Atlántico, Helicity Space trabaja sobre un principio distinto llamado fusión magneto-inercial, que consiste en comprimir chorros de plasma con campos magnéticos. La compañía cerró una ronda semilla de cinco millones de dólares en diciembre de 2023, con Airbus Ventures y Voyager Space entre los inversores, y más tarde sumó a Lockheed Martin Ventures. Su calendario público apunta a un vuelo de prueba en 2032 en el que la fusión reforzaría propulsión eléctrica solar.
Que fondos de Airbus y de Lockheed Martin pongan dinero en esto dice menos sobre la madurez de la tecnología que sobre el tamaño del premio. Quien controle el transporte de carga entre la Tierra y Marte con la mitad de tiempo de tránsito no necesita convencer a nadie del resto.

La aritmética que conviene hacer antes de ilusionarse
Aquí es donde el entusiasmo se topa con una división. Cojamos la cifra más optimista de Pulsar, 147 kilómetros por segundo de velocidad de escape. Frente a un cohete químico es un salto enorme. Frente a la escala interestelar es el 0,05 % de la velocidad de la luz.
Con una velocidad de crucero redondeada a 100 kilómetros por segundo, Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol y que está a 4,24 años luz, queda a unos 12.700 años de viaje. La cifra no descalifica el motor: lo coloca donde de verdad sirve, que es el sistema solar interior, y explica por qué Daedalus e Icarus, el rediseño que la misma sociedad británica arrancó en 2009, nunca propusieron encender un motor y esperar, sino arquitecturas de varias etapas pensadas para alcanzar una fracción apreciable de la velocidad de la luz.
Hay además una trampa que los estudios interestelares asumen desde el principio y que las notas de prensa suelen omitir: frenar al llegar cuesta aproximadamente lo mismo que acelerar. Por eso las misiones dibujadas en papel son casi siempre sobrevuelos. La sonda pasa, mira y sigue.
Lo que falta, y no es poco
El obstáculo de fondo sigue siendo el mismo que en tierra: la ganancia neta de energía, el punto en el que la reacción devuelve más de lo que se le mete. Un primer plasma no es eso. Es la demostración de que el aparato sujeta el material con el que después habría que intentarlo.
Queda un detalle que resume bien el momento. El estudio de los años setenta que sigue siendo la referencia de este campo se hizo con lápiz, cinco años de reuniones y ningún presupuesto para construir nada. Cincuenta años después, los que tienen el dinero y el banco de pruebas están comprobando, punto por punto, que aquellos cálculos hechos a mano iban bien encaminados. Si te interesa el rastro que dejan estas ideas en la ficción, tenemos una lista de novelas de ciencia ficción que se lo toman en serio, y una historia de cómo el Quijote acabó en el firmamento.