Gallaecia: la frontera que trazó un emperador romano y que sigue dibujada diecisiete siglos después

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Diocleciano creó la provincia en el año 298 por razones de pura gestión. Cuando el imperio cayó, los suevos no inventaron un territorio: se instalaron en el que ya estaba dibujado.

Gallaecia: la frontera que trazó un emperador romano y que sigue dibujada diecisiete siglos después

En el año 298, el emperador Diocleciano reorganizó Hispania. No fue un gesto simbólico ni una concesión a nadie: era un administrador obsesivo reformando el imperio entero para poder cobrarlo y defenderlo mejor. De aquella tijera salieron cinco provincias donde antes había tres, y dos de ellas eran nuevas. Una se llamó Gallaecia.

Se segregó de la Tarraconense y se organizó en torno a tres ciudades que eran cabeza de sus respectivos distritos: Lucus Augusti, que es Lugo; Bracara Augusta, que es Braga; y Asturica Augusta, que es Astorga. El territorio cubría la Galicia de hoy, el norte de Portugal, Asturias y buena parte de León y Zamora.

Conviene retener la idea: aquello fue una decisión de despacho. Una línea trazada para que la recaudación cuadrase.

Lo que pasa cuando el que trazó la línea desaparece

Poco más de un siglo después, el Imperio de Occidente se venía abajo. En el 409 entran en Hispania varios pueblos que venían empujando desde hacía años, y uno de ellos, los suevos, se queda en el noroeste.

Aquí está lo interesante. Los suevos no conquistaron un territorio cualquiera ni dibujaron uno nuevo. Se instalaron dentro del contorno que Roma había trazado, adoptaron su capital administrativa —Braga— como capital política, y montaron encima un reino.

Los suevos habían sido, además, el primer pueblo germano en conseguir de Roma el estatus de foederati dentro de las fronteras del imperio. Estaban acostumbrados a moverse por dentro de las reglas romanas, no solo contra ellas.

El reino duró desde el 409 hasta el 585, cuando el visigodo Leovigildo lo absorbió. Casi ciento ochenta años.

Una moneda como declaración

De esos casi dos siglos hay un momento que lo resume todo. Entre el 448 y el 456 reinó Requiario, que acuñó moneda con su propio nombre en Braga.

Los reyes germánicos que acuñaban solían poner el nombre del emperador, aunque el emperador ya no mandase nada, porque la ficción de Roma seguía siendo útil. Requiario dejó de sostener la ficción. Fue el primer rey bárbaro que puso su nombre en una moneda, y lo hizo en una península donde no se acuñaba desde hacía un siglo.

El dibujo aguanta

Desaparecido el reino suevo, el contorno siguió. Sobre él se formó el reino de Galicia medieval, con sus propios reyes en algunos tramos. De su extremo sur, alrededor de Oporto, se desgajaría con el tiempo un condado que acabó siendo Portugal. Y del latín que se hablaba dentro de esa línea salieron el gallego y el portugués, que durante siglos fueron la misma cosa.

El título de reino, por cierto, sobrevivió mucho más de lo que suele pensarse. Galicia figuró como reino hasta el real decreto del 30 de noviembre de 1833, el que repartió España en las provincias que seguimos usando y la partió en cuatro: A Coruña, Lugo, Ourense y Pontevedra.

Mil setecientos años después

Si se superpone el mapa de Diocleciano sobre el actual, las líneas ya no coinciden: Asturias va por su lado, León y Zamora también, y la frontera con Portugal parte en dos lo que era una sola cosa.

Pero el núcleo sigue ahí. Una comunidad con lengua propia, una frontera lingüística que cruza un país, y dos idiomas hermanos a ambos lados de un río.

Todo eso arranca en un expediente administrativo del año 298, firmado por un emperador que reorganizaba provincias para cuadrar las cuentas y que no tenía ni la menor intención de fundar nada.

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