El día que un químico sin licencia médica decidió inyectar a un niño de nueve años

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El 6 de julio de 1885, Louis Pasteur tenía delante a Joseph Meister con catorce mordeduras. No era médico, no podía pincharle, y lo que iba a probar no se había probado nunca en una persona.

El día que un químico sin licencia médica decidió inyectar a un niño de nueve años

Hay decisiones que se cuentan como heroicas cuando salen bien y como delito cuando salen mal, y la única diferencia entre las dos versiones es el resultado. La del 6 de julio de 1885 es de ese tipo.

Lo que había en la sala

Un niño de nueve años llamado Joseph Meister, con catorce heridas profundas en manos, piernas y muslo. Lo había tirado al suelo un perro rabioso dos días antes, en Alsacia. Su madre lo había metido en un tren y lo había llevado cuatrocientos kilómetros hasta París.

Enfrente, Louis Pasteur, sesenta y dos años. Químico. No médico.

Ese detalle no es una anécdota: legalmente no podía inyectar a un paciente. Y lo que tenía era un preparado de médula espinal de conejos infectados y desecada, que había funcionado en perros y que nunca se había puesto a una persona.

Lo que estaba en juego

Si no hacía nada, el niño moría. Eso era razonablemente seguro: en cuatro mil años no había constancia de nadie que hubiera sobrevivido una vez desarrollada la enfermedad.

Si lo hacía y se equivocaba en la preparación, el que le habría dado la rabia al niño era él. No el perro: él, con su propia mano y delante de testigos.

Pasteur no decidió solo. Consultó con dos médicos, Alfred Vulpian y Jacques-Joseph Grancher, y pidió su ayuda. Fue Grancher quien puso las inyecciones.

Trece inoculaciones, cada una más virulenta que la anterior.

Por qué podía funcionar sin saber por qué funcionaba

Aquí está lo que más me gusta de esta historia. Pasteur no sabía nada de lo que hoy explica el mecanismo. No existía el concepto de transporte axonal. Nadie había visto un virus. Faltaban décadas para entender los anticuerpos.

Lo que sí sabía, por haberlo observado, era que entre la mordedura y la enfermedad pasaba mucho tiempo. Y apostó a que en ese hueco cabía preparar al cuerpo.

Tenía razón, y hoy sabemos por qué: el virus no viaja por la sangre, sube por dentro del nervio, a unas decenas de milímetros al día. La defensa que genera una vacuna aparece en días y circula por la sangre, que recorre el cuerpo entero en un minuto.

Es una carrera entre algo que camina y algo que va en coche. Pasteur intuyó la carrera sin conocer a ninguno de los dos corredores.

Cómo acabó

Pasó el día diez y el niño estaba bien. Pasó el primer mes y seguía bien.

Joseph Meister fue el primer ser humano documentado que sobrevivió a una exposición a la rabia. Ese tratamiento es el antepasado directo de lo que hoy se llama profilaxis postexposición, que sigue siendo el procedimiento estándar en todo el mundo.

La parte que conviene no romantizar

Aquello no pasaría hoy, y con razón. No hubo comité de ética, ni ensayo previo en humanos, ni consentimiento informado como lo entendemos ahora. Un investigador sin licencia médica probó en un niño un preparado que solo se había usado en animales.

Salió bien. Si hubiera salido mal, el mismo hombre estaría en los libros como otra cosa muy distinta.

Y las dos posibilidades existían el 6 de julio por la mañana, cuando la madre de Joseph Meister entró por la puerta.

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