¿Qué habría pasado si el imperio español no se hubiera disuelto?

0

La Constitución de Cádiz declaró españoles a los de ambos hemisferios y a la vez dejó fuera a las castas de origen africano. Ahí está la grieta, y ahí empieza la ucronía.

Un mapa antiguo del Atlántico extendido sobre una mesa de madera con un compás de latón y una pluma, iluminado por la luz de una vela, tonos sepia y dorados, detalle de cartografía

Es una de esas preguntas que aparecen en cualquier sobremesa larga. La respuesta seria no está en el tamaño del imperio ni en las flotas: está en un artículo concreto de un texto legal de 1812, y merece la pena contarlo porque casi nadie lo conoce.

Cádiz declaró españoles a los de los dos hemisferios

La Constitución promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, con la ciudad sitiada por las tropas napoleónicas, dice en su artículo primero que la nación española es «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios».

No era una fórmula decorativa. En septiembre de 1810, como los diputados de América no podían cruzar el Atlántico a tiempo para constituir las Cortes, se convocó a los americanos y filipinos residentes en Cádiz para que eligieran suplentes entre ellos mismos: salieron treinta, veintiocho americanos y dos filipinos. Con los años llegaron a sentarse ochenta y seis diputados de ultramar en aquella cámara. Sobre el papel, América no era una colonia con delegados: era parte de la nación con representación propia.

Y a la vez dejó fuera a una parte de ellos

El artículo 22 del mismo texto establece que los españoles «que por cualquiera línea son habidos y reputados por originarios del África» no son ciudadanos. Les queda, dice, «abierta la puerta de la virtud y el merecimiento»: las Cortes podrán concederles carta de ciudadanía si han prestado servicios cualificados a la patria o destacan por su talento, aplicación y conducta, siempre que sean hijos de matrimonio legítimo de padres libres, estén casados con mujer libre, avecindados en dominios españoles y ejerzan una profesión con capital propio.

Es decir: la ciudadanía deja de ser un derecho y pasa a ser un premio, con un formulario y un tribunal.

El artículo lo diseñó y lo defendió Agustín Argüelles, una de las grandes figuras liberales de aquellas Cortes. Y el motivo de fondo, como han señalado los estudios sobre el debate, no era doctrinal sino aritmético: la representación se calculaba por población, y si las castas de origen africano contaban como ciudadanos, América aportaba más habitantes que la Península y se llevaba más diputados. Excluirlas mantenía la balanza inclinada hacia el lado peninsular.

La grieta estaba en el propio texto fundacional

Aquí está lo interesante para responder a la pregunta del titular. Se suele explicar la disolución del imperio por causas grandes y algo difusas: las guerras napoleónicas, las ideas ilustradas, la debilidad de la metrópoli, la presión británica. Todas cuentan.

Pero hay una más incómoda y más concreta. El documento que debía fundar una nación de dos hemisferios contenía, escrito y votado, el motivo por el cual una de las dos mitades no iba a creerse del todo la promesa. Se pedía lealtad de igual a igual y se negaba la ciudadanía de igual a igual, en el mismo tomo, separado por veintiún artículos.

Cuando alguien pregunta qué habría pasado si el imperio no se hubiera disuelto, la respuesta útil no es «habría sido enorme». Es otra pregunta: ¿qué habría hecho falta para que no se rompiera? Y la respuesta más razonable, mirando el texto, es que el artículo 22 hubiera dicho lo contrario.

La ficción ya ha tirado de ese hilo

Este punto de divergencia —el término técnico para el hecho que una ucronía decide cambiar— es el que usa La constitución de los dos mares, de Helena Wagner. En la novela, la cláusula de igualdad se firma. La firma un suplente llegado de ultramar, mestizo, que no cree en ella y la apoya por conveniencia propia, que es un detalle bastante más creíble que el de un héroe iluminado.

A partir de ahí el imperio no se rompe: se convierte en la Mancomunidad de los dos mares, un solo país con un océano dentro. Y la novela dedica ciento ochenta años a enseñar que firmar una promesa y cumplirla son dos trabajos distintos, siguiendo a los descendientes de aquel hombre por la abolición en las Antillas, por la frontera del agua en 1905, por una guerra en 1940 y, al final, por el espacio.

Como divulgación histórica no sirve, claro: es ficción y no lo disimula. Pero como manera de entender qué se jugaba en aquel debate, funciona mejor que muchos resúmenes, porque obliga a mirar la decisión desde dentro de la sala.

Un apunte para quien quiera tirar del hilo de verdad

El debate sobre las castas en las Cortes de Cádiz está bien documentado y es apasionante por lo moderno que suena: hay estadística de población, hay cálculo electoral y hay una discusión abierta sobre a quién se cuenta y a quién no. Doscientos años después seguimos discutiendo censos con la misma lógica.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *