En 1975 dos científicos de Cambridge inventaron la medicina moderna, y la oficina de patentes contestó que no le veía aplicación
César Milstein y Georges Köhler fabricaron el primer anticuerpo monoclonal. Cuando el Reino Unido quiso protegerlo, el método llevaba meses publicado.
En el verano de 1975, en el laboratorio de biología molecular del Consejo de Investigación Médica británico, en Cambridge, un argentino de Bahía Blanca y un alemán de Múnich consiguieron algo que la inmunología llevaba décadas persiguiendo: fabricar anticuerpos puros, todos idénticos entre sí, en la cantidad que hiciera falta y durante el tiempo que hiciera falta.
Se llamaban César Milstein y Georges Köhler. Lo que hicieron fue fusionar dos células que no tenían nada que ver: una célula del sistema inmunitario, que sabe fabricar un anticuerpo concreto pero se muere pronto, y una célula tumoral, que no sabe fabricar nada útil pero se multiplica sin parar. El híbrido heredaba lo bueno de cada una. Fabricaba el anticuerpo y no se moría.
Lo publicaron en agosto
El artículo salió en Nature el 7 de agosto de 1975. Dos páginas. Milstein y Köhler contaban el método con el detalle suficiente para que cualquier laboratorio del mundo pudiera repetirlo.
Eso, en el mundo de las patentes, es una sentencia. Una vez que un procedimiento está publicado y cualquiera puede leerlo, deja de ser patentable en casi todas partes. La puerta se cerró el día que salió la revista, y nadie en Cambridge reparó en ello.
La respuesta que llegó después
El Consejo de Investigación Médica sí avisó al organismo que entonces se encargaba de explotar comercialmente la ciencia pública británica, la National Research Development Corporation. La contestación llegó en 1976 y decía, en esencia, que les resultaba difícil identificar ninguna aplicación práctica inmediata que pudiera perseguirse como empresa comercial.
Conviene leer esa frase sin la ventaja de saber lo que pasó después. En 1976 un anticuerpo monoclonal era un reactivo de laboratorio. No existía todavía ningún medicamento basado en ellos, ni una prueba de embarazo de farmacia, ni un test rápido de diagnóstico. Lo que la NRDC no supo ver no era una aplicación concreta: era que aquello iba a ser la materia prima de toda una industria.
Lo que pasó mientras tanto
Los laboratorios estadounidenses no tuvieron ese problema. Sin patente que lo impidiera, las empresas de allí montaron sobre la técnica sus propios desarrollos, los patentaron y los comercializaron. A finales de los setenta y principios de los ochenta el asunto se convirtió en cuestión de Estado en el Reino Unido: una técnica nacida en un laboratorio público británico estaba generando negocio al otro lado del Atlántico y allí no quedaba ni el rastro. Margaret Thatcher se indignó personalmente con el episodio, y de aquel enfado salió buena parte de la reforma de cómo Reino Unido protege desde entonces su investigación.
Y mientras tanto, Milstein mandaba células por correo
Aquí está la parte que casi nunca se cuenta. Milstein no vivió lo de la patente como un drama personal. Repartió sus líneas celulares entre los laboratorios que se las pidieron, en todo el mundo, sin cobrar por ellas. Entendía la técnica como una herramienta que debía circular, y circuló: buena parte de la velocidad a la que se extendió se explica por eso.
En 1984 le dieron el Nobel de Medicina, compartido con Köhler y con Niels Kaj Jerne.
Lo que vale hoy aquello que no tenía aplicación comercial
Las consultoras sitúan el mercado de anticuerpos monoclonales en algún punto entre los 265.000 y los 300.000 millones de dólares al año. El medicamento más vendido del mundo, Keytruda, que se usa contra varios tipos de cáncer, es un anticuerpo monoclonal: facturó alrededor de 29.500 millones de dólares en 2024. Y por debajo de los tratamientos está todo lo demás, que es invisible pero enorme: las pruebas de embarazo de farmacia, los test rápidos, media hematología, buena parte del diagnóstico de laboratorio.
El argentino que se fue
Milstein había nacido en Bahía Blanca en 1927, hijo de un inmigrante judío ucraniano. Se doctoró en Buenos Aires, se fue a Cambridge a hacer una segunda tesis y volvió a Argentina a dirigir la división de biología molecular del Instituto Malbrán. Duró poco: tras el golpe militar de 1962 echaron al director del instituto, él dimitió y se volvió a Cambridge. Allí se quedó el resto de su vida y allí murió, en 2002.
De modo que la técnica que sostiene media medicina actual la firmaron un argentino que se marchó de su país por un golpe de Estado y un alemán de veintiocho años, en un laboratorio público británico, y el Estado que pagaba el laboratorio decidió que no valía la pena registrarla.